HOY CELEBRAMOS SU FESTIVIDAD

EL DIVINO CORAZÓN DE JESÚS ES UN TESORO INMENSO QUE NOS PERTENECE


San Juan Eudes
"Los Sagrados Corazones de Jesús y de María"




Luego de considerar al Corazón adorable de nuestro Salvador como hoguera de amor por nosotros, veamos ahora que es tesoro inmenso de riquezas infinitas, que nos pertenece y cómo debemos servirnos de Él.

El divino Corazón de Jesús es un tesoro que encierra las riquezas todas del cielo y de la tierra, de la naturaleza y de la gracia, de la gloria, de los ángeles y santos, de la santa Virgen, de  la divinidad, de la Santa Trinidad, de todas las divinas perfecciones. Porque si San Juan Crisóstomo dice que la sagrada Virgen es abismo de las inmensas perfecciones de la divinidad (In Hor. ani.), ¿con cuánta mayor razón lo será el Corazón adorable de Jesús?

Además ese Corazón es precioso tesoro que contiene todos los méritos de la vida del Salvador, los frutos de sus divinos misterios, todas las gracias que nos adquirió con sus trabajos y sufrimientos, todas las virtudes que practicó en grado infinitamente elevado, todos los dones del Espíritu Santo de los que fue colmado: Descansará sobre Él el Espíritu del Señor, espíritu de sabiduría y de entendimiento, etc. (Isaías 11, 2). En una palabra, cuanto hay de grande, rico y admirable en el ser creado e increado, en el Creador y en las criaturas, está encerrado en ese tesoro incomparable.

Ahora bien, ¿para quién será tan maravilloso tesoro? Para nosotros todos y para cada uno de nosotros, pues de nosotros depende entrar en posesión de él. ¿Por qué título ese tesoro nos pertenece? Por el título y derecho de donación. ¿Quién nos lo ha dado? El Padre de Jesús nos lo ha concedido al entregarnos su Hijo. Y nos lo da continuamente porque los dones de Dios son irrevocables (Rom. 11, 29). El Hijo de dios nos lo ha conferido también infinitas veces al darse a nosotros y nos lo da continuamente en la Eucaristía. El Espíritu Santo nos lo entrega también incesantemente. La Santa Virgen nos lo da continuamente porque ella no tiene sino un Corazón y Voluntad con su Hijo, quiere lo que Él quiere, y junto con Él nos otorga cuanto Él nos da.

LA PRESENCIA DE DIOS EN NUESTRAS ALMAS





(Hojitas de Fe N° 35) 

Uno de los ejercicios más provechosos para la vida espiritual, afirma el Padre Alonso Rodríguez, es el de la presencia de Dios, según enseñanza y recomendación, tanto de la Sagrada Escritura como de los Santos. Tratemos, pues, de esta práctica, viendo en esta presente Hojita de Fe cuál es su fundamento y su naturaleza, y dejando para una próxima Hojita de Fe los modos de practicarla y los frutos que se sacan de ella.

1º Fundamentos de la presencia de Dios.

Andar en presencia de Dios es, para el cristiano, aprender a ver a Dios donde El está de hecho, acostumbrarse a encontrarlo donde El se halla. Y ¿dónde está, dónde mora? En todas partes, pero especialmente en las almas en estado de gracia.
Tenemos ahí dos grandes modos de estar Dios en nosotros, y por lo tanto un doble campo en que ejercitar la presencia de Dios.
La Sagrada Escritura nos enseña que Dios, como Creador, Señor y Providencia, está presente en todas las cosas con una presencia general llamada de inmensidad, dando a todo ser, según la expresión de San Pablo, «la existencia, el movimiento y la vida» (Act. 17 25 y 28). Santo Tomás explica que esta presencia de Dios en todas las cosas se realiza por un triple título: • por esencia, en cuanto que Dios está dando incesantemente el ser a todo cuanto existe; • por presencia, en cuanto que Dios tiene continuamente ante sus ojos a todos los seres creados;
por potencia, en cuanto que todas las criaturas están sometidas a su poder.
Sin esta presencia de Dios en las cosas, las cosas simplemente no existirían, ya que dejarían de recibir el ser de Dios, un ser que no tienen por sí mismas.
Así pues, Dios, habiéndonos creado para Sí mismo, se ofrece a nosotros bajo el velo de las cosas creadas. De este modo, hemos de aprender a ver a Dios en todas partes, y verlo también en todo, es decir:
En las personas que nos rodean: a Dios hemos de obedecer en la persona de nuestros Superiores; a Dios hemos de reconocer, amar y servir en la persona del prójimo, sea quien sea.
En las cosas que nos sirven: en los bienes, tanto de orden natural como de orden sobrenatural, debemos ver los dones de Dios, por los cuales Dios mismo nos sirve y nos ayuda a alcanzar nuestro destino eterno; por el uso sobrenatural del don debemos entrar en comunión con el Donador mismo.
En los acontecimientos que nos afectan: más allá de las causas inmediatas o segundas, debemos ver siempre la causa primera, Dios, que ordena todas las cosas al bien de los que le aman y que sólo le buscan a El.
La Sagrada Escritura también nos habla en muchos lugares de otra presencia especial, más perfecta e íntima, de Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo– en el alma justa, donde tiene sus infinitas complacencias: «Si alguno me ama, mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos en él nuestra morada» (Jn. 14 23); «Dios es caridad, y el que vive en caridad permanece en Dios, y Dios en él» (1 Jn. 4 16); «vosotros sois templo de Dios vivo» (2 Cor. 6 6). San Pablo atribuye muy especialmente al Espíritu Santo esta presencia: «¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?»; «¿no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros?» (1 Cor. 6 16 y 19).

2º Presencia de complacencia de Dios en el alma justa.

Por lo tanto, Dios está presente en el hombre en estado de gracia, no sólo como está en las cosas, sino también en cuanto conocido y amado sobrenaturalmente por él, esto es, por su presencia real y sustancial en el entendimiento y en el corazón del justo. En efecto, la vida divina consiste en el conocimiento y amor que Dios tiene de sí mismo; por eso, desde que el hombre, por la gracia, participa del conocimiento y amor de Dios, conociéndolo como El mismo se conoce, y amándole como El mismo se ama, participa también de su vida divina; y eso hace que Dios empiece a estar presente en él de un modo nuevo y especialísimo, a título de Amigo, Padre y Esposo, imperfectamente en esta vida, mas perfectísimamente en la bienaventuranza eterna de la gloria.
«Desde que se nos infundió la gracia por medio del Bautismo, el Espíritu Santo mora en nosotros con el Padre y el Hijo: “Si alguno me ama –dice Nuestro Señor–, mi Padre lo amará, y vendremos a El, y haremos en El nuestra morada” (Jn. 15 23). La gracia hace de nuestra alma el templo de la Santísima Trinidad; nuestra alma, adornada con la gracia, es realmente la morada de Dios, que habita en nosotros, no sólo como en todas las cosas por su esencia y potencia, con las que sostiene y conserva todas las criaturas en el ser, sino de un modo muy particular e íntimo, como objeto de conocimiento y de amor sobrenaturales. Mas como la gracia nos une a Dios de tal modo que es a la vez el principio y la medida de la caridad, se dice que es sobre todo el Espíritu Santo el que mora en nosotros…, porque procede por amor y es el lazo de unión entre el Padre y el Hijo… Y por esto mismo esta morada sólo se da en los justos, porque sólo los que están en gracia participan del amor sobrenatural. De ahí que San Pablo dijera a los fieles: “¿No sabéis que sois templo del Espíritu Santo, que habéis recibido de Dios y está en vosotros?” (1 Cor. 6 19(DOM COLUMBA MARMION).
Este nuevo modo de estar Dios en el alma del justo es de un orden tan superior al de su inmensidad, que Jesús lo llama corrientemente una «venida», un «advenimiento» de Dios en el alma (Jn. 14 23), como si por su inmensidad Dios no estuviese ya presente en ella. Esta inefable presencia recibe el nombre de inhabitación trinitaria.

3º Acción santificante de Dios en el alma justa.

Esta inhabitación de Dios en el alma no se limita a una permanencia local, sino que supone necesariamente una transformación del alma, una unión santificante.
¿Cuáles son exactamente los efectos de esta acción santificadora? Podemos resumirlos a los siguientes:
El perdón de los pecados. El primer fruto de la venida del Espíritu Santo en un alma donde no residía todavía, es un pleno y generoso perdón de los pecados.
Al perder la gracia, el pecador lo pierde todo: la amistad divina, el derecho a la herencia eterna del cielo, los méritos precedentemente adquiridos, y sobre todo la posesión de Dios y la permanencia en él de la Santísima Trinidad. Pero Dios le tiende siempre una mano misericordiosa para moverlo al arrepentimiento; y si el alma es dócil en seguir esta invitación, y vuelve a Dios por una sincera y dolorosa detestación de su pecado, Dios le envía de nuevo su Espíritu, que le perdona todas sus ofensas y la deuda contraída con la justicia divina.
La justificación y deificación del alma por la gracia. No contento con purificar al alma de sus faltas, el Espíritu Santo se apresura a revestirla de una túnica de inocencia, y a concederle el don preciosísimo de su gracia: «La caridad de Dios [estado de gracia] ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom. 5 5).
Por medio de la gracia, el Espíritu Santo, presente en el alma, se une tan íntimamente a ella y se comunica a ella de manera tan inefable, que la hace partícipe de su naturaleza divina, le confiere la misma justicia y santidad divinas, y la hace resplandeciente de la belleza y perfecciones de Dios: «Habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios» (1 Cor. 6 11), convirtiéndola así en objeto de las divinas complacencias.
El ornato del alma mediante las virtudes infusas. Así como el alma es distinta de la inteligencia y de la voluntad, pero inseparable de ellas, del mismo modo la gracia, que nos da un ser sobrenatural, es distinta pero inseparable de las virtudes infusas, que son facultades sobrenaturales de acción. Por eso, constituyen el cortejo necesario de la gracia, y juntamente con ella las infunde el Espíritu Santo en el alma.
De este modo nuestras facultades quedan dotadas de las virtudes teologales, que tienen a Dios por objeto (fe, esperanza y caridad), y de las virtudes morales, que recaen sobre el recto uso de los medios en orden a la salvación del alma (prudencia, justicia, fortaleza y templanza, con todas sus virtudes subalternas). Tal es el adorno magnífico con que el Espíritu Santo engalana al alma justificada, para que siempre y en todo lugar pueda obrar y comportarse en conformidad con la dignidad sobrenatural que le confiere la gracia.
La infusión de los dones del Espíritu Santo. La obra capital de nuestra santificación no quedaría consumada si no fuese dirigida y perfeccionada por las inspiraciones del Espíritu Santo. Pues bien, para que estas inspiraciones sean bien recibidas por nosotros, el mismo Espíritu Santo infunde en nuestras almas ciertas disposiciones que nos hacen dóciles a ellas: son los dones del Espíritu Santo.
En efecto, las mismas virtudes sobrenaturales no bastan para llevar el alma a la perfección de la vida cristiana, ya que la razón sigue estando sometida a error y la voluntad a desfallecimientos. Pero por los dones, el alma se hace capaz de ser movida y dirigida por el Espíritu Santo en persona, dando a los actos de las virtudes infusas una perfección divina, y comunicando al alma un instinto divino de las cosas sobrenaturales, un tacto sobrenatural que la hace pensar y obrar con facilidad y prontitud como hija de Dios.
La posesión y goce de las divinas Personas. Finalmente, el Espíritu Santo, por su presencia y acción santificantes, además de hacer partícipe al alma de la vida divina, le otorga también la plena posesión de Dios y el goce fruitivo de las divinas Personas.
Por su inmensidad, Dios está presente en todas las cosas, aun en los condenados del infierno; pero éstos no poseen a Dios, pues ese tesoro infinito no les pertenece en absoluto. Mientras que el cristiano en estado de gracia tiene en sí a la Trinidad Santísima, al Espíritu Santo, y con El la abundancia de las gracias celestiales, como un tesoro que le pertenece en propiedad, y del cual puede usar y gozar.
Conclusión.
No puede haber para el cristiano una verdad más magnífica y consoladora que la de la presencia de Dios en su alma. Santa Teresa, en su libro de las Moradas, cuenta la visión que tuvo de un alma en estado de gracia, y la describe como un globo de cristal o un diamante purísimo, todo refulgente de los resplandores de un fuego divino, que es Dios mismo, el cual reside en su centro. ¡Ah, si el alma viviera convencida de esta presencia divina! Eso solo bastaría para llevarla a las cumbres de la santidad, según el dicho de Dios a Abraham: «Camina
en mi presencia y sé perfecto» (Gen. 17 1).
Dígnese, pues, la Santísima Virgen grabar profundamente en nosotros esta convicción, para que siempre y en todas partes nos comportemos como los templos vivos de Dios que somos.

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EN LA FESTIVIDAD DE SAN JOSÉ, ESPOSO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN Y PADRE NUTRICIO DEL NIÑO DIOS



Publicado en CORAZONES



SAN JOSÉ CUSTODIO DE LOS DOS CORAZONES

Por Hna. María José Socías, sctjm



Cuando hablamos de San José, hay un silencio que envuelve a su persona; silencio que vivió toda su vida. Su misión fue, después de la Santísima Virgen María, la mas importante que Dios le haya encomendado a criatura alguna, y al mismo tiempo la mas escondida: salvaguardar "los tesoros de Dios" --Jesús y María--y proteger con su silencio, presencia y santidad el misterio de la Encarnación y el misterio de la Santísima Virgen María.

En la primera venida del Hijo de Dios al mundo, las vidas de María y José fueron radicalmente escondidas; ahora --en estos momentos tan difíciles de la historia-- han salido a relucir para dar a los hombres testimonio del amor de Dios por la humanidad, y de lo que hace en los corazones de aquellos que son fieles a Su voluntad. Y así vemos como se ha despertado en estos tiempos, un nuevo interés en la persona de San José, en su santidad, en su misión y en su intercesión.

Los papas y San José: el Papa León XIII escribe "Quamquam Pluries" reafirmando su patrocinio sobre toda la Iglesia. El Papa Pío XII instaura la fiesta de San José, Obrero, el día 1 de mayo. Papa Juan Pablo II escribe"Redemptoris Custos"; habla de la misión de San José especialmente en estos tiempos donde la Iglesia enfrenta grandes peligros. De manera particular, Dios quiere hacer relucir la persona y misión de San José en su relación con los Sagrados Corazones de Jesús y María. La primera indicación de ello fue dada en las apariciones de la Virgen de Fátima, en Portugal. En la última aparición de la Virgen, el 13 de octubre, San José aparece junto con el Niño Jesús y bendice al mundo. Sor Lucía, la principal vidente, relata lo sucedido:

"Mi intención [en gritar a la gente que miraran hacía arriba,]no era llamarles la atención hacia el sol, porque yo no estaba consciente de su presencia. Fui movida a hacerlo bajo la dirección de un impulso interior. Después que Nuestra Señora había desaparecido en la inmensidad del firmamento, contemplamos a San José con el Niño Jesús y a nuestra Señora envuelta en un manto azul, al lado del sol. San José y el Niño Jesús aparecieron para bendecir al mundo, porque ellos trazaron la Señal de la Cruz con sus manos. Cuando un poco mas tarde, esta aparición desapareció, vi a nuestro Señor y a la Virgen; me parecía que era Nuestra Señora de los Dolores. Nuestro Señor apareció para bendecir al mundo en la misma manera que lo hizo San José. Esta aparición también desapareció y vi a Nuestra Señora una vez mas, esta vez como Nuestra Señora del Carmen."

Ese día en Fátima se hicieron presente los Dos Corazones y San José. Dios nos revela los Corazones de Jesús y María pues ellos son la esperanza de la humanidad. Es el amor y la misericordia de estos Dos Corazones la que salvara al mundo del pecado y de la muerte. Pero el misterio de la presencia de San José revela que, unido al amor de los Dos Corazones, Dios espera y busca el amor y la respuesta del hombre para con su hermano. El hombre, con su amor, intercesión y reparación, sumergidos en el amor de Jesús y María, también debe alcanzar gracias de conversión para la humanidad. Dios salvará la humanidad por medio del amor: el amor de Jesús y María y de todos aquellos que, como San José, se unan y vivan dentro de este amor.

I. LA UNIÓN DEL CORAZÓN DE SAN JOSÉ CON LOS DOS CORAZONES

Así, como por designio de Dios, el Corazón Inmaculado de la Santísima Virgen está unido "indisolublemente al Corazón de Cristo", de manera que estos Dos Corazones permanecieran unidos para siempre y por ellos nos llegara la salvación, así mismo, por designio de Dios, el corazón que mas de cerca vive en alianza con éstos Dos Corazones es el corazón de San José.

Cuando contemplamos el corazón de San José, contemplamos un corazón puro, que dirige todos sus afectos y acciones hacia aquellos que le fueron encomendados, cuya grandeza él supo leer y entender. Todos los movimientos del corazón de San José tenían un solo objetivo: el amor de los Dos Corazones. Por ellos trabajó; por ellos obedeció; por ellos sufrió; a ellos los defendió y protegió sin interrupción. Su vida era para amar, consolar, proteger y cuidar a los Dos Corazones. Hay que recordar que San José no era Dios hecho hombre, ni tampoco fue concebido inmaculado; el nació con el pecado original igual que todos nosotros. Pero su corazón se hizo uno con el Corazón de María y a través de ella, con el Sagrado Corazón de Jesús. Veamos como se da en San José esta misteriosa unidad.

EL CORAZÓN DE SAN JOSÉ UNIDO AL CORAZÓN DE MARÍA, SU ESPOSA

El corazón de San José vivió en plena comunión con el Inmaculado Corazón de María. Ella fue para el, igual que lo es para todos nosotros, el camino que lo condujo al misterio del Dios hecho Hombre. En el sueño del ángel, oyó éstas palabras: "No temas tomar contigo a María tu mujer porque lo nacido de ella es del Espíritu Santo." (Mt 1: 20) Con esto, es introducido no solamente en el misterio de la Encarnación, sino también en el misterio del corazón excepcional de la Virgen Santísima, escogida para ser Madre de Dios. San José se dio cuenta que el Mesías y Salvador, tan esperado por su pueblo, había de llegar al mundo a través del seno maternal de María, la mujer a quien Dios le había dado por esposa.

¿Cuál fue la respuesta de San José? "Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomo consigo a su mujer" (Mt 1:24). En otras palabras, San José seconsagrá a María, a su persona, a su corazón, y a su misión. Accedió a la voluntad de Dios quien designó que el, y todo el genero humano, había de recibir al Redentor por manos de María. Mucho mas que todas las generaciones que llamarán bendita a la Virgen por las maravillas que Dios ha hecho en ella (cf. Lc 1:48-49), San José las supo ver, ponderar, y amar, levantandose así en su corazón, un profundo deseo de protegerla.

San José vivó en perfección la consagración al Inmaculado Corazón de María. Es él, el perfecto devoto de la Virgen, y nosotros debemos aprender de él. El es el primer ejemplo del mensaje que San Juan Eudes escuchó del Corazón Eucarístico de Jesús: "Te he dado este admirable Corazón de Mi Madre, que es Uno con el Mío, para ser Tu verdadero Corazón también...para que puedas adorar, servir y amar a Dios con un corazón digno de su Infinita Grandeza".

Debemos pedirle que nos enseñe como amar con todo nuestro corazón a la Santísima Virgen, a quien amó con todas las fuerzas de su corazón y de quien recibió, con profundo agradecimiento, el Sagrado Corazón de Jesús, el Salvador.

EL CORAZÓN DE SAN JOSÉ UNIDO AL CORAZÓN DE JESÚS

Después del de la Virgen, el corazón de San José es el que mas cerca estuvo del Corazón del Redentor. San José amaba con verdadero amor paternal a Cristo. Su corazón estaba unido de tal forma al de Jesús, que mucho antes que San Juan se recostara sobre el pecho del Señor, ya San José conocía plenamente los latidos del Corazón de Cristo y aún mas, Cristo conocía perfectamente los latidos del corazón de su padre virginal, puesto que toda su niñez la pasó recostado del pecho de su padre, San José.

En esta comunión de "corazón a Corazón", ¿qué secretos insondables habrá descubierto San José en el Corazón de su Hijo? El Ángel le había revelado en sueño que el Hijo de María era quien "salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1:21). Entendió que el Corazón del Emmanuel era un corazón humilde, misericordioso y redentor. Era el Corazón de Dios, formado por el Espíritu Santo, que vino a salvar a su pueblo. No para una salvación meramente temporal, sino mucho mas profunda; era la salvación del mal que había entrado en el corazón humano: el egoísmo, el desamor, la división, la injusticia.... el pecado.

Estos secretos insondables fueron conocidos plenamente por San José, por la intimidad de contemplación de los corazones de Jesús y María. Lo encontramos al lado de la Santísima Virgen en los misterios gozosos del Santo Rosario. Al convivir y contemplar lo que se desarrollaba en la vida de Jesús y en la vida de su esposa, su corazón crecía en admiración y amor a Dios y en ardientes deseos de participar plenamente en su obra.

II. SAN JOSÉ Y EL TRIUNFO DE LOS DOS CORAZONES

La presencia de San José en dos de las apariciones de la Santísima Virgen aprobadas por la Iglesia --Knock y Fátima-- muestran el deseo de Dios de que se reconozca a San José. En la aparición de Fátima vemos como Dios no dejó duda alguna de la importancia de San José en su plan para la conversión del mundo a través del Inmaculado Corazón de María. Fue la misma Virgen María la que anunció, en su aparición del día 13 de septiembre, de que en octubre no solo haría un milagro para que todo el mundo creyera, sino que San José vendría con el Niño Jesús a bendecir al mundo. La Virgen le dijo:

"Continúen rezando el rosario para obtener el fin de la guerra. En octubre, Nuestro Señor vendrá, así como nuestra Señora de los Dolores y Nuestra Señora del Carmen. San José aparecerá con el Niño Jesús y bendecirá al mundo."

¿Por qué Dios hizo de la presencia de San José en Fátima, un elemento visible en el misterio del triunfo que se avecina? Porque San José es el modelo para toda la humanidad de unión con los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Y ademas, lo que fue su misión en la tierra, continúa siendolo en el cielo: él fue y es el protector de los Dos Corazones. Él protegió el Corazón Inmaculado de María y el Sagrado Corazón de Jesús, que latía en el seno de la Virgen. Los protegió celosamente y por eso ellos triunfaron en su corazón. ¿Cómo no va a ser ahora quien los proteja, asegurando su triunfo en los corazones de todos los hombres?

San José, dado como protector de los Dos Corazones en el principio, es ahora encomendado por Dios como protector de toda la familia humana. De forma particular, San José es protector de todos aquellos que aman a los Dos Corazones, que se han unido a ellos y que promueven su pronto Reinado en la humanidad.

Es San José el que enseña de forma mas plena a los apóstoles de los Dos Corazones, a tener plena unidad interior con el corazón de Jesús y el de María, porque fue precisamente él, el tercer corazón, que se unió a ellos en amor, en servicio y en fidelidad.

Son los apóstoles de los Dos Corazones los que de una manera nueva deben acogerse a la protección de San José y pedirle a él que les enseñe a amar, a servir, a sacrificarse y a permanecer unidos a éstos Dos Corazones como él lo hizo toda su vida.
¡San José, Custodio de los Dos Corazones.... Ruega por nosotros!

UN REGALO EN NAVIDAD



Siempre me he preguntado porqué se acostumbra a hacer regalos en Navidad.

Alguna respuesta tiene que haber, y creo haberla encontrado.

Hay quienes asocian los regalos a Papá Noël, figura mítica que quizás empezó en San Nicolás de Bari y su apostolado, pero que hoy pertenece a los pueblos paganos y a los pseudo-cristianos que solemos llamar "protestantes".

Es una figura asociada a la vida contemporánea, que estimula el consumo desenfrenado y asocia la fiesta de Navidad con las compras en grandes tiendas, a cuál más voluminosa, y se nutre de regalos van desde costosos bienes de confort hasta viajes en transatlánticos.

Es, así, una fiesta para que disfruten los que mucho tienen, lo que el mundo llama tener, y que se acompaña con grandes comilonas, bebidas a granel, ruidosas carcajadas y otros excesos.

Pero la Navidad cristiana no puede ser esa grotesca caricatura, y es lo que los cristianos están olvidando. 

Ya poco se ven los "pesebres" o "nacimientos", que evocan el gran acontecimiento, y el árbol de Navidad, que representa la Luz de Cristo, se va asociando al Papá Noël que prodiga regalos por todas partes, aunque de verdad sólo llegan a los hogares donde hay dinero para costearlos.

No.

La Navidad cristiana es en sí misma un regalo. Porque Dios viene a nosotros en su Hijo, y se deja ver en la presencia de un Niño. Un regalo para su Santa Madre, pero además un regalo para todos los hombres, porque en ese Niño, allí yaciente en el pesebre, ya está la Cruz por la que viene a redimirnos.

Es un gran regalo. Y para evocarlo, nos hacemos regalos. 

Regalos que valen por lo que representan y no por lo que en sí mismos son. Poco importa si se trata de caramelos o de libros, si de ropas o de juguetes. Son regalos que nos recuerdan el gran regalo.

Por eso, al reunirnos en torno a la mesa familiar en esta Nochebuena, recordemos la causa: el Divino Niño que nace para redimirnos, para abrirnos la Puerta a la Vida eterna.

Regocijémonos todos con el regalo de ese Niño, e invoquemos al Padre eterno que nos da a su Hijo: hoy como Niño, después en la Cruz, y siempre como Pan de Vida .

Que el Padrenuestro sea la oración con que iniciemos la celebración familiar.

¡FELIZ NAVIDAD!

EN EL PRINCIPIO EXISTÍA EL VERBO ...


Leído en MERCABA.ORG


TRATADO I SOBRE EL EVANGELIO DE SAN JUAN

 San Agustín de Hipona

En el principio existía el Verbo, el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios, etc., hasta: Y las tinieblas no lo recibieron (1, 1-5).
1. Cuando reparo en lo que hemos leído en el texto de la Epístola, que el hombre animal no puede entender las cosas que son del Espíritu de Dios, y considero después que entre la muchedumbre presente de vuestra Caridad, tiene que haber muchos carnales, que se guían por los principios de la carne y no pueden aún alzarse al conocimiento del espíritu, dudo mucho cómo podré hablar con la ayuda del Señor o explicar, en mi medida, lo que acabamos de leer del Evangelio: En el principio existía el Verbo, el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Esto, en verdad, no lo puede entender el hombre animal. Callaremos, pues, hermanos. Mas entonces, si callamos, ¿para qué se ha leído? ¿Para qué la oímos, si no se explica? ¿Y para qué se expone, si ni se puede entender? Mirando, por otra parte, que entre vosotros tiene que haber algunos capaces de entenderlo, aun antes de que se explique, no quiero perjudicar a éstos por el temor de cansar a los que no me pueden entender. Siempre debemos esperar en la misericordia del Señor, que nos asistirá para que cada uno entienda lo que pueda. Aun el mismo que explica dirá solamente lo que puede. Hablar conforme a la realidad no es posible. Me atrevo a decir, hermanos míos, que ni el mismo Juan dijo como es, sino como él pudo. Es siempre un hombre el que habla de Dios. Ciertamente inspirado por Dios, pero un hombre. Porque estuvo inspirado dijo algo; sin la inspiración no hubiera dicho nada. Porque el inspirado fue un hombre, no dijo todo lo que hay, sino lo que puede decir el hombre.

2. Este Juan era, hermanos carísimos, de aquellos montes de que escribió el Salmista: Traigan los montes la paz al pueblo, y los collados la justicia. Los montes son las almas grandes. Los collados, las pequeñas. Y lo montes traen precisamente la paz para que los collados puedan recibir la justicia. ¿Y qué justicia es la que reciben los collados? La fe, pues el justo vive de la fe. Ahora bien, las almas pequeñas no recibirán la fe, si las grandes, que hemos llamado montes, no son ilustradas por la misma Sabiduría, a fin de que puedan dar a las pequeñas lo que éstas son capaces de recibir... [Se omite aquí el párrafo 3, dedicado a refutar los errores donatistas].

4. Los que traen la paz que se debe predicar al pueblo han contemplado la misma Sabiduría, cuanto es posible a la inteligencia humana, lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni a la mente humana llegó. Si a la mente del hombre no llega esta Sabiduría, ¿cómo llegó a la de Juan? ¿O es que Juan no era hombre?.... Así es, hermanos; si se puede decir que llegó a la mente de Juan en alguna manera, en la misma medida en que llegó a él, se puede también decir que no es hombre Juan. ¿Qué significa esto de que no era hombre? Que empezó en cierto modo a ser ángel; pues todos los santos son ángeles, porque anuncian a Dios. A los hombres carnales y sensuales, que no pueden percibir las cosas de Dios, les dice el Apóstol: Cuando decís que yo soy de Pablo, yo de Apolo, obráis como hombres. ¿Qué pretende hacer de éstos que reprende porque son hombres? ¿Queréis saber lo que pretende? Oíd el Salmo: Yo dije: sois dioses e hijos todos del Excelso. Dios quiere que dejemos de ser hombres. Y entonces, mejorando, dejaremos de ser hombres, cuanto antes reconozcamos que somos hombres. A aquella altura tenemos que subir desde el bajo de la humildad. El que se cree algo, no siendo nada, corre el peligro, no sólo de no recibir lo que no es, sino de perder lo mismo que es.

5. Hermanos, de estos montes era Juan, el que dijo: En el principio existía el Verbo, el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios. Había recibido la paz este monte, contemplaba la divinidad del Verbo. ¡Cuán grande era este monte, cuán excelso! Pasó sobre todas las cumbres de la tierra, pasó sobre todas las de aire; pasó sobre todos los coros y legiones de los ángeles. Tuvo que pasar sobre todas las criaturas para llegar al Criador de ellas. Para hacerse una idea de lo que sobrepasó, es menester conocer adónde llegó. ¿Qué es el cielo y la tierra? Criaturas. ¿Qué son las cosas que hay en el cielo y en la tierra? Criaturas, todavía con más mérito. ¿Qué son los espíritus, los ángeles, los arcángeles, los tronos, dominaciones, virtudes y principados? Criaturas también. El Salmo en su enumeración abarca todo este conjunto y dice así: Él lo dijo y fueron hechas; Él lo mandó y fueron creadas. Si porque Dios dijo fueron hechas, es claro que fueron creadas por el Verbo de Dios. Y si todo fue hecho por el Verbo, es también claro que Juan tuvo que sobrepasar todo lo que ha sido hecho por el Verbo antes de llegar y escribir aquella frase: En el principio existía el Verbo, el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios ¡Qué grande es este monte, qué santo, qué alto sobre todos los montes que traen la paz al pueblo de Dios para que los collados reciban la justicia!

6. Mirad, hermanos, si no es tal vez Juan uno de aquellos montes de los cuales hemos dicho poco ha: Levanté mis ojos a los montes de donde me ha de venir el socorro.

Hermanos míos, si queréis, por tanto, entender, levantad vuestros ojos a este monte, mirad al Evangelio, contemplad su sentido. Estos montes traen la paz, y ninguno que confía en el hombre puede estar en paz. No miréis, pues, de tal manera a este monte, como si vuestra paz se hubiese de poner en el hombre, sino decid más bien: levanté mis ojos a los montes de donde me ha de venir el socorro, añadiendo en seguida: mi socorro viene del Señor que ha hecho el cielo y la tierra. Levantemos, sí, nuestros ojos a los montes de donde nos viene el auxilio, sabiendo que nuestra esperanza no estriba en los mismos montes. Los montes reciben, a su vez, de más alto lo que ellos nos sirven. Allí de donde ellos reciben hemos de colocar nosotros nuestra esperanza.

Cuantas veces dirigimos nuestra mirada a la Sagrada Escritura, que nos ha sido servida por hombres, levantamos los ojos a los montes de donde nos viene el socorro. Mas porque los que escribieron la Escritura fueron hombres, su luz no era de ellos; la verdadera luz es aquel que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.

Un monte era aquel Juan Bautista, que dijo: Yo no soy el Cristo. Para que nadie, por poner su esperanza en los montes, fuese echado de aquel que ilumina los montes, el mismo Bautista confesó también: que todos hemos recibido de su plenitud.

Debes, pues decir: levanté mis ojos a los montes de donde me ha de venir el socorro. Y para que no atribuyas a los montes el auxilio, debes continuar y decir: Mi auxilio viene del Señor que ha hecho el cielo y la tierra.

7. Hermanos, os he querido decir estas cosas para que cuando levantéis vuestro corazón a las Escrituras, al oír el Evangelio, que dice: En el principio existía el Verbo, el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios y todo lo demás que se ha leído, sepáis que habéis levantado vuestros ojos a los montes. Si estas cosas no nos la dijesen los montes, no podríamos en manera alguna ni pensarlas. De los montes nos viene el auxilio, aun solamente para oír estas cosas. No podemos entender todavía lo que hemos oído. Invoquemos el auxilio del Señor que ha hecho el cielo y la tierra. Los montes hablan sin poder iluminar; ellos mismos han sido iluminados, porque primero escucharon. Aquel Juan que descansó sobre el pecho del Señor recibió estas cosas que nos ha dicho; el agua que nos quería dar a gustar la bebió él, a su vez, del pecho del Señor. Nos dio a gustar las palabras; pero su inteligencia la tienes que buscar allí de donde él bebió lo que te dio a gustar, para que levantes tus ojos a los montes de donde te ha de venir el socorro y bebas así la palabra que se te ha dado como en un cáliz. Porque tu auxilio debe venir del Señor que ha hecho el cielo y la tierra, puedes llenar tu corazón allí donde él mismo lo llenó. Por esto dijiste: Mi auxilio del Señor que ha hecho el cielo y la tierra. Que os llene, pues, el que puede.

Hermanos, por esto he dicho que cada uno levante su corazón cuanto pueda y que recoja lo que dice.

Tal vez alguno diga que yo os estoy más presente que Dios. Falso. Él está mucho más presente. Yo estoy presente a vuestros ojos. Él lo está a vuestras conciencias. A mí me dirigís el oído; a Él el corazón, para que ambos queden llenos. Tenéis puestos ahora en mí vuestros ojos y los sentidos de vuestro cuerpo; mejor, no en mí, que no soy ninguno de aquellos montes, sino en el Evangelio, en el Evangelista. Pero el corazón lo ha de llenar el Señor. Y, al dirigirlo a Dios, mirad bien qué dirigís y adónde. He dicho: qué levanta y adónde lo levanta. Qué corazón levanta y qué Señor lo levanta. No sea que, sobrecargado con el peso del placer carnal, caiga antes de lo que lo levante. Si ves que pesa sobre ti el peso de la carne, procura purificar con la continencia el corazón que has de levantar a Dios. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

8. De nada sirve el simple sonido de las palabras: En el principio existía el Verbo, el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios. Cuando hablamos también nosotros pronunciamos palabras. ¿Es ésta, por ventura, la palabra que existía en Dios? Las cosas que nosotros decimos suenan y pasan. ¿Se acaba también el Verbo de Dios al ser pronunciado? Entonces, ¿cómo pudieron ser hechas por Él todas las cosas y no existir nada sin Él? Si pasó al ser pronunciado, ¿cómo puede ser gobernado por Él cuanto ha sido creado por Él? ¿Qué palabra es esta que se pronuncia y no pasa? Atienda vuestra caridad, porque es idea importante.

Las palabras han perdido su valor con el continuo hablar. Sonando y pasando han perdido su virtud, y ya no parecen sino palabras. Pero en el hombre también hay un verbo que queda dentro. El sonido sale de la boca. Hay un verbo que tiene una pronunciación espiritual, lo que percibes por el sonido, no el sonido mismo. Cuando digo Dios, pronuncio una palabra. Es cosa breve lo que he dicho: cuatro letras y dos sílabas. ¿Diremos que esto nada más es Dios, cuatro letras y dos sílabas? O diremos más bien que cuanto más pobre es el sonido exterior, tanto más rico es lo que con él se percibe? Algo pasa en tu mente cuando oyes la palabra Dios. Algo pasa en la mía cuando la pronuncio. Pensamos en un grande y supremo Ser que trasciende la criatura mudable, carnal y animal. Al preguntarte si Dios es mudable o inmutable, me respondes en seguida: lejos de mí creer o pensar que Dios sea mudable; Dios no puede mudar. Tu alma, aunque pequeña, aunque carnal todavía, no puede menos de confesar que Dios es inmutable y que la criatura es esencialmente mudable. ¿Cómo se te ha ocurrido cosa que está por encima de todo lo creado y decirme con certeza que Dios es inmutable? ¿Qué hay en tu corazón cuando piensas en un Ser vivo, perpetuo, omnipotente, infinito, en todas partes presente, doquiera completo y por nada limitado? Cuando piensas esto entonces tienes en tu corazón el Verbo de Dios. Y ya ves que esto no es aquel sonido que consta de cuatro letras y dos sílabas. Lo que al pronunciarse pasa es lo que llamamos sonidos, letras y sílabas. La palabra que suena pasa; pero la que expresa el sonido y queda en el sujeto racional que habla o escucha persevera aun pasados los sonidos.

9. Sigamos con esta idea. Tú puedes tener en tu corazón un verbo, la idea que ha nacido de tu mente, que la ha engendrado. Esa idea está allí como fruto de tu inteligencia, como hijo tuyo. Antes de hacer una obra, de realizar algo grande en la tierra, tu corazón engendra primero la idea. Tienes la idea y la obra no se ha realizado todavía. En tu mente estás ya viendo lo que vas a hacer antes de que los demás admiren la mole que haces y levantas, antes de que la empresa se realice y lleve a término. Los hombres contemplan la grandiosa construcción y admiran el plan del constructor. Se admiran de lo que ven y se gozan en lo que no ven. Ninguno puede ver la idea interior del plan; pero por la obra exterior todos alaban el proyecto donde se concibió primero.

¿Quieres ahora conocer el Verbo de Dios, a Jesucristo Nuestro Señor? Mira esta gran fábrica exterior del mundo. Todo ha sido hecho por el Verbo; así conocerás quién es el Verbo. Mira estas dos partes del mundo, el cielo y la tierra. Nadie puede expresar la belleza del cielo, nadie la fecundidad de la tierra, la sucesión ordenada de los tiempos, la fuerza oculta de las semillas.

Observad que callo mucho, porque no quiero con una larga enumeración decir poco, menos, tal vez, de lo que vosotros podéis adivinar. Por esta fábrica del mundo, deducid lo que debe ser el Verbo que la ha hecho todo y cuanto fuera de ella existe. Nosotros no vemos sino lo que está al alcance de los sentidos. Fuera están los ángeles, que también han sido hechos por el Verbo, y los arcángeles, las potestades, los tronos, las dominaciones y principados. Todo ha sido hecho por el Verbo. Deducid de aquí qué grande debe ser el Verbo.

10. Alguno tal vez diga ahora. ¿Y quién puede pensar en este gran Verbo? Cuando oyes esta palabra no pienses nada pequeño, al igual de las palabras que oyes diariamente. Aquel dijo tales palabras, tales otras me han pronunciado; tú mismo me cuentas otras parecidas. Con el diario usar los nombres de las cosas, las palabras se han desvalorizado. Pues cuando oyes que en el principio existía el Verbo, no pienses en nada pequeño, como acostumbras a pensar, cuando oyes las palabras humanas. Mira en lo que debes pensar: El Verbo era Dios.

11. Podrá venir ahora uno de esos herejes arrianos y decir que el Verbo de Dios fue hecho. ¿Cómo es posible que el Verbo de Dios haya sido hecho, cuando todas las cosas las ha hecho Dios por el Verbo? Si el Verbo de Dios también ha sido hecho, ¿por qué otro Verbo ha sido hecho? Si a éste por quien fue hecho aquel Verbo lo llamas Verbo del Verbo, yo lo llamo el Unigénito de Dios. Y si no lo llamas Verbo del Verbo, admite que no ha sido hecho el que ha hecho todas las cosas. Asimismo no se pudo hacer el que hizo todas las cosas. Creamos, pues, al Evangelista, quien pudo haber dicho: En el principio, hizo Dios al Verbo, lo mismo que Moisés dijo: en el principio hizo Dios el cielo y la tierra, y luego va enumerando cada una de las partes. Dijo Dios: Hágase, y fue hecho. ¿Quién es el que dijo? Dios, ciertamente. ¿Y qué es lo que se hizo? La criatura. Entre Dios que habla y la criatura que se hace está como medio el Verbo, por quien se hace todo. Dijo Dios: Hágase y fue hecho. Este es el Verbo inmutable. Aunque las cosas mudables se hacen por el Verbo, Él es inmutable.

12. No pienses, pues, que fue hecho aquel por quien se hicieron todas las cosas. Así no serías reparado por el Verbo, por quien se repara todo. Ya has sido hecho por el Verbo, pero debes todavía ser reparado por Él. Mas si tu fe sobre el Verbo fuere falsa, no serás reparado. Has sido creado por el Verbo; pero, como por Él has sido hecho, de por ti te vas deshaciendo. Si de tu parte te deshaces, Él, que te ha hecho, te rehará. Si de tu parte vas empeorando, Él, que te creó, te creará nuevamente. Mas no te volverá a crear de nuevo por el Verbo si no piensas bien de él. Dice el Evangelista: En el principio existía el Verbo. Tú dices: En el principio fue hecho el Verbo. Él dice: Todo fue hecho por El. Tú dices: El mismo Verbo fue hecho. Podía haber dicho el Evangelista: En el principio fue hecho el Verbo. Y dice: En el principio existía el Verbo. Si ya existía no fue hecho, ya que todas estas cosas fueron hechas por Él, y nada se hizo sin Él. Quedemos, pues, en que el Verbo existía en el principio, el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios. Si no puedes entender esto, espera a ser mayor. Él es manjar sólido. Aliméntate primero con leche para crecer y poder tomar este manjar.

13. Ahora, hermanos, sobre lo que sigue: Todo fue hecho por Él y sin Él nada fue hecho, tened cuidado de creer que la nada es algo. Algunos entienden mal este sin Él nada fue hecho, creyendo que la nada es una cosa. El pecado no fue hecho por Él, y es claro que el pecado no es nada y que los hombres nada ganan cuando pecan. El ídolo no fue hecho por el Verbo, aunque tenga cierta forma humana. Si el hombre ha sido hecho por el Verbo, no lo ha sido la forma humana que hay en el ídolo. Tenemos escrito que el ídolo no es nada. Estas cosas no son obra del Verbo; pero lo son todas las cosas que han sido hechas en la Naturaleza, cuanto hay en las criaturas, todo sin excepción, las cosas que hay fijas en el cielo, las que brillan sobre nuestras cabezas, las que vuelan bajo el cielo, cuanto se mueve en el universo, todas las criaturas. Lo diré mas claro, para que lo entendáis bien: cuanto existe, desde el ángel hasta el gusano. Entre las criaturas, ninguna más excelente que el ángel y nada más pequeño que el gusano. Pues el mismo que hizo los ángeles ha hecho a los gusanos aunque el ángel sea para el cielo y el gusano para la tierra. El mismo que creó el mundo lo ha organizado también. Si el gusano estuviera en el cielo, te parecería Dios reprensible, al igual que si hubiera dispuesto que los ángeles naciesen de la carne en corrupción. Pues casi esto se verifica en el hombre y no es reprensible. Todos los hombres son como gusanos, que nacen de la carne, y de ellos hace Dios ángeles. Si el mismo Señor ha dicho de sí que es gusano y no hombre, ¿quién no repetirá lo que hay escrito en Job: Con mucha más razón el hombre es podredumbre y gusano?.

Primero dijo: El hombre es podredumbre, y luego: El hijo del hombre es gusano. Como el gusano se cría en la podredumbre, dice que el hombre es podredumbre y gusano. Mira qué se hizo por ti (al encarnarse). Aquel que en el principio existía como Verbo, estaba en Dios y el Verbo era Dios. ¿Por qué se hizo hombre por ti? Para que te levantases tú, que no podías comer. Así es, hermanos, a la letra. Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin él no se hizo nada. Toda criatura ha sido hecha por Él, la grande y la pequeña; por Él han sido hechas las de arriba y las de abajo, la espiritual y la corporal. Ninguna forma, ninguna unión o concordia de parte, ninguna sustancia cualquiera que ella sea, nada que tenga peso, número o medida existe sin el Verbo y sin aquel Verbo Creador, del cual se ha dicho: Todo lo has dispuesto conforme a medida, número y peso.

14. Que ninguno os engañe cuando sentís las molestias de las moscas. Porque algunos son burlados y cogidos por el diablo con las moscas. Los cazadores suelen poner en los cepos moscas y cazar así a las aves hambrientas. Del mismo modo algunos son cogidos por el diablo con las moscas.

Estaba uno un día molesto con las moscas, y lo encontró así malhumorado un maniqueo. Al decirle que él no podía aguantar las moscas y que las aborrecía de corazón, le dijo el maniqueo. ¿Quién las ha creado? Como estaba enfadado con ellas y las aborrecía de verdad, no se atrevió a decir que Dios las había hecho, pues era católico. El maniqueo añadió en seguida: Si Dios no ha hecho las moscas, ¿quién las ha podido hacer?

Yo creo, contestó el católico, que sólo el diablo las ha podido hacer.

El maniqueo, en seguida: Si el diablo ha creado las moscas, como me parece que tú confiesas, juzgando con prudencia, ¿quién ha hecho la abeja, que es un poco mayor que la mosca? No se atrevió el otro a decir que Dios había hecho la abeja y no había hecho la mosca, pues eran tan parecidas. De la abeja lo llevó a la langosta, de la langosta a la salamanquesa, de la salamanquesa al ave, del ave a la oveja, después al buey, al elefante, y por último al hombre. De esta manera, por el enfado que recibió de las moscas, se convirtió en mosca y posesión del diablo. Porque dicen que Beelcebuz se interpreta príncipe de las moscas. De éstas se ha escrito: Las moscas que van a morir acaban con el aceite de la suavidad.

15. ¿Para qué he referido estas cosas, hermanos? Para que cerréis las puertas de vuestro corazón a las asechanzas del enemigo. Creed que Dios ha hecho todas las cosas y las ha puesto en orden.

¿Por qué padecemos muchos males de las criaturas que Dios ha hecho? Porque hemos ofendido a Dios. Los ángeles no padecen estas cosas. Tal vez nosotros en esa vida no hubiéramos temido estas cosas. Acusa a tu pecado por tu pena, no al juez. Por nuestra soberbia Dios ha instituido que esa criatura tan pequeña y tan abyecta nos atormentase. Así el hombre soberbio que se levanta contra Dios, el hombre mortal que asusta a otros mortales, el hombre que no quiere reconocer al hombre como su prójimo, cuando se ensoberbece, es humillado por las pulgas. ¿Por qué te inflas, humana soberbia? Te hace una injuria el hombre y te hinchas y llenas de ira. Tendrás que luchar con las pulgas para dormir. Mira quién eres.

Para que nos convenciésemos de que todas estas criaturas que nos molestan han sido criadas para ayudarnos a vencer nuestra soberbia, mandó Dios al pueblo soberbio de Faraón moscas y ranas para vencerlo la soberbia con estas cosas tan bajas, habiendo podido vencerlo con osos, leones y serpientes.

16. Todas las cosas, hermanos, todo absolutamente ha sido creado por Él, y sin Él no se ha hecho nada. ¿Cómo fueron hechas todas las cosas por Él? Lo que ha sido hecho es la vida en Él. También se puede decir: Lo que ha sido hecho en Él es vida. Luego todo es vida si leemos así ¿Hay algo que no haya sido hecho en él? Él es la sabiduría de Dios, como dice el Salmo: Todo lo has hecho en Sabiduría. Si Cristo es la Sabiduría de Dios y el Salmo dice que todo ha sido hecho en la Sabiduría, se sigue que, como todo ha sido hecho por Él, hermanos amadísimos, y todo lo que ha sido hecho en él es vida, se sigue que la tierra es vida y el árbol es vida. Nosotros llamarnos al leño vida, pero nos referimos al leño de la cruz, de donde hemos recibido la vida. También la piedra es vida. No es decorosa esta interpretación, y corremos peligro de que se nos meta otra vez la vil secta de los Maniqueos y nos diga que la piedra tiene vida, y alma la pared, la cuerda, la lana y el vestido. Así suelen hablar en su delirio, y cuando se les reprime y refuta, apelan a las Escrituras, y dicen: ¿Para qué se ha escrito: Lo que fue hecho en Él es vida? si todo ha sido hecho en Él, todo tiene vida.

Para que no te engañen, lee tú así: Lo que ha sido hecho (haz una pausa aquí y sigue luego), en Él es vida. ¿Qué significa esto? La tierra ha sido hecha, pero no es vida en sí misma. En la Sabiduría creadora hay una forma espiritual de la tierra que ha sido hecha, y esta forma sí es vida.

17. Lo explicaré lo mejor que pueda a vuestra Caridad.

Hace el carpintero una arca. Esta arca existe primero en el artífice. Si no la tuviese primero en su mente el artista, ¿de dónde la podría sacar? Mas el arca que existe en la mente del artista existe de modo que no es la misma que se ve después con lo ojos del cuerpo. En la concepción del artista está invisible; en la ejecución, visible. No porque ha sido ya ejecutada deja de existir en el artista. La tenemos ya en la ejecución externa y en la concepción del artista. Si se rompe el arca externa que ha ejecutado, puede hacer una segunda nueva conforme al original que tiene en la mente. Distinguid, pues, el arca en el artista y el arca en la ejecución. El arca en la ejecución no es vida; vive, en cambio, en la mente del artista, porque el alma del artista donde están todas las cosas, antes de su ejecución, tiene vida real.

Apliquemos, hermanos amadísimos, el ejemplo a las obras de la Sabiduría de Dios. La Sabiduría de Dios, que ha hecho todas las cosas, contiene en sí la idea ejemplar de todas las cosas antes de realizarlas en el exterior. Todo lo que es hecho conforme a esta idea ejemplar tiene vida en el Verbo, aunque en sí no la tenga.

La tierra que ves existe primero en el artista divino; el cielo, el sol, la luna. En su realidad sensible son cuerpos; en su causa ejemplar, vida.

Esto lo entenderéis como podáis, porque es algo grande lo que acabo de decir. Aunque no sea yo grande, alguien verdaderamente grande lo ha dicho. Yo soy, ciertamente pequeño, pero no digo estas cosas. Yo, para decirlas, miro a otro que no es pequeño. Que cada uno entienda como pueda y en la medida que pueda. Y el que no pueda, que alimente su inteligencia hasta que pueda. ¿De dónde debe nutrirse? Con leche primero, hasta que pueda digerir el alimento sólido. Que no se separe de Cristo nacido en carne mortal hasta que llegue a Cristo nacido del Padre Unico, Verbo Dios que está en Dios, por quien han sido hechas todas las cosas. Aquella vida que hay en Él es la luz de los hombres.

18. Esto es lo que sigue: Y la vida era la luz de los hombres. Por esta vida son los hombres iluminados. Los animales no son iluminados porque carecen de inteligencia para ver la sabiduría. El hombre, en cambio, hecho a imagen de Dios, tiene entendimiento con que poder ver la sabiduría. Aquella vida por la cual fueron hechas todas las cosas, ésta misma es la luz, no de cualquier ser, sino del hombre. Por esto se dice poco después: Existía la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene al mundo. Esa fue la luz que iluminó a Juan el Bautista; la misma que iluminó a Juan el Evangelista. Lleno estaba de esta luz el que escribió: Yo no soy el Cristo, sino el que viene después de mí, a quien yo no soy digno de soltarle la correa de su zapato. Esta misma luz esclarecía también al que dijo: En el principio existía el Verbo, el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios. Esa misma vida es la luz de los hombres.

19. Tal vez haya corazones necios que no pueden todavía recibir esta luz, porque están tan gravados por sus pecados, que no pueden verla. Si no la pueden ver, que no piensen que la luz está lejana. Es que ellos mismos son tinieblas por sus pecados. Y la luz luce en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron. Hermanos, el ciego que está en el sol tiene en sí presente al sol, pero es como si estuviese ausente; lo mismo pasa con el necio, con el impío, con el inicuo, que es ciego del alma. Está presente la Sabiduría, pero lo está a un ciego, dista mucho de su ojos. No está lejana la Sabiduría de él, pero él lo está de la Sabiduría. ¿Qué debe hacer? Limpiarse para que pueda ver a Dios. A uno que no pudiese ver por tener enfermos y sucios lo ojos con el polvo, pituita y humo que le ha caído, le diría el médico: Quita de tu ojo cuanto le hace mal, para que puedas ver la luz de tus ojos. El pecado y las iniquidades son el polvo, la pituita y el humo. Quita de ahí todas esas cosas y verás la Sabiduría, que está presente. Dios mismo es la Sabiduría. Y escrito está: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.


HIJOS DE DIOS EN CRISTO

EL MISTERIO DE LA FILIACIÓN DIVINA


Compartimos el enlace, para penetrar en este gran Misterio de Fe


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SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS, UN MODELO DE VIDA

Publicado en REFLEXIONES CATÓLICAS


Santa Teresa del Niño Jesús, Virgen y Doctora. 1 de Octubre.


Figura amable y admirable, cuyo perfume flota todavía en el ambiente. Sor Teresita, como se decía cuando éramos pequeños, nació en Alençon, la ciudad de los duques, como la llaman los franceses. Era una niña de cuatro años cuando ya se podía adivinar, bajo sus apariencias endebles y melancólicas, una de esas almas que no saben mirar atrás. Su madre nos habla en una carta de su obstinación casi invencible. «Cuando ella dice no, nada puede hacerle ceder. Se la encerraría un día entero en el sótano, sin conseguir un sí, y allí pasaría la noche.» Ella misma nos dice que tenía muy desarrollado el amor propio.

—Teresita—le dijo un día su madre—, si besas el suelo te doy una perra.

—No, mamá—respondió ella—; me quedaré sin la perra, pero no beso el suelo.

Era, ciertamente, caprichosa e imperiosa, pero desde la más tierna edad aprendió a conocerse y dominarse. «Con una naturaleza como la mía—decía más tarde—, si no hubiera sido educada por padres virtuosos, habría llegado a ser muy mala, y tal vez a perderme eternamente.»

A través de la naturaleza, la vida se presentó a su espíritu infantil llena de encantos. Sus primeros años se doran con las sonrisas de los jardines y las gracias de las praderas. Más tarde nos reveló aquellas primeras sensaciones con estas hermosas palabras: «Aún siento los goces profundos y poéticos que nacían en mi corazón a la vista de los campos de trigo esmaltados de amapolas, de azulinos y margaritas. Ya entonces amaba yo las lejanías, el espacio, los grandes árboles; en una palabra, toda la bella naturaleza arrebataba y transportaba mi alma a los Cielos.» Afectuosa, tierna, soñadora hasta el llanto, conocía esa exaltación imprecisa y soberana de la cual han sido poseídos todos los verdaderos amantes de la naturaleza. De un día de lluvia y de tormenta, en que se paseaba por las afueras de la ciudad, escribía: «Ya la hierba y las grandes margaritas, más altas que yo, centelleaban de piedras preciosas.» Su padre iba con frecuencia a pescar, llevando consigo a su reinecita, como él decía; pero mientras el pescador sostenía la caña sin cansarse, la niña enmudecía envuelta en el ensueño, «escuchando los ruidos lejanos y el murmullo del viento, y recogiendo las notas indecisas de la música militar que llegaba de la ciudad, y que envolvían su alma en un velo de melancolía.»

Aún no había cumplido cinco años, cuando la muerte de su madre vino a ensombrecer el cuadro risueño de su infancia. No se acuerda de haber llorado mucho, pero todo cuanto vio entonces la impresionó vivamente. Un momento se encontró «sola delante del ataúd, puesto en pie en el corredor.» Mirólo de arriba abajo, levantando la cabeza para ver mejor. «Jamás había visto ataúdes, pero me di cuenta de lo que significaban. Parecíame muy grande.» Muy grande le pareció también la muerte a través de toda su vida, pero nunca tuvo miedo de ella. Sin embargo, desde este momento se abre un nuevo período en su existencia. Su carácter cambia por completo. De expansiva y vivaracha, se hizo tímida y sensible hasta el exceso. Una mirada bastaba para hacerla llorar. Huía de personas extrañas y no encontraba contento más que en la intimidad de la familia. Esto la hizo sufrir mucho en el trato con sus compañeras de colegio, aunque, afortunadamente, dice ella, al llegar a los catorce años volvió a recobrar su alegría infantil. Los misterios de la vida interior empezaban a abrirse a los ojos de su espíritu. «Recuerdo—dice—que la palabra Cielo fue la primera que, supe leer sola.» Un día el Cielo claro de la campiña se cubrió de nubes, la tormenta estalló, y Teresa vio caer un rayo en un campo cercano. «Lejos de aterrarme, aquello me encantó; parecíame que el buen Dios estaba más cerca de mí.» Después de comer, salía de paseo con su padre, y a la vuelta siempre entraban en alguna iglesia. Una tarde, cuando ya la familia se había trasladado a vivir a Lisieux, entraron en la capilla del Carmen.

—Mira, dulce reinecita—dijo el anciano—; detrás de esa reja las santas religiosas rezan sin cesar al buen Dios.

Esta frase hizo nacer en la niña el ideal de una vida consagrada enteramente a Dios. Algo más tarde, tres de sus hermanas se encerraban, una tras otra, detrás de aquella reja. Ella no quiso ser menos. Tenía la ambición de lo mejor. Un día, su hermana Leonila vino a su encuentro con una muñeca y un canastillo de bagatelas.

—Elegid—dijo a sus hermanas.

Celina, una de ellas, tomó un ovillo de alambres. Teresa, después de un momento de reflexión, se apoderó de la muñeca y el canastillo, diciendo:

—Yo lo elijo todo.

Recordando esta anécdota, decía más tarde:

—Sí, Dios mío; yo lo elijo todo; yo no quiero ser santa a medias.

La idea de entrar en el Carmen de Lisieux se hizo en ella una obsesión. Pero era demasiado joven, y una grave enfermedad vino a poner otro estorbo delante de ella. Era un mal extraño. Deliraba con frecuencia, lanzaba gritos horrorosos, por todas partes veía precipicios y apariciones terroríficas. Un día, en los trances de la muerte, dirigió su mirada a una estatua de la Virgen que había en su habitación. Súbitamente la estatua se animó, «tomando una expresión tan bella, que jamás se podría encarecer aquella belleza divina. Su rostro respiraba una dulzura, una bondad, una ternura inefables; pero lo que me llegó hasta el fondo del alma fue su arrobadora sonrisa». Desde este momento desapareció su mal, y nuevamente comenzó a pensar en el convento, pero todo el mundo le daba la misma respuesta:

—Eres demasiado joven.

Tenía catorce años, pero catorce años llenos y floridos. Conservamos un retrato de esta época. Era realmente hermosa. Todos los testigos insisten sobre la dignidad y la gracia de su andar. Su frente combada, la boca algo grande, el mentón fuerte, pero los trazos eran finos, la nariz recta y bien dibujada. Tenía una cabellera espléndida, cuyo oro brillante hacía más profunda la mirada de sus ojos garzos y grandes. La niña se había transformado en una mujercita, cuyos encantos levantaban un murmullo admirativo. En el transcurso de su viaje a Italia se vio cortejada por un joven, y no fue insensible a este homenaje. Siempre verídica, dijo más tarde a este respecto: «Fue preciso que yo me marchara, porque no hubiera tenido ánimo para resistir largo tiempo.» Tierna y ardiente, no desdeñaba el cariño humano, antes bien, le buscaba con avidez, cuando era santo. Estando en el colegio, una muchacha por quien sentía viva amistad, se retiró repentinamente de ella. «Yo lo sentí mucho—dice Teresa—; pero no mendigué más una afección tan inconstante. Sin embargo, el buen Dios me ha dado un corazón tan fiel, que cuando ama, ama para siempre; y así yo continúo rogando por aquella compañera, y la quiero todavía.» Tal vez por eso una de las cosas que más sentía era la inconstancia humana en los sentimientos de amistad. Nos confiesa que en este punto ella no sacó más que amarguras, lo cual le parecía providencial, y de ello daba gracias a Dios. «Con un corazón como el mío, yo me hubiera dejado prender y cortar las alas.»

Su viaje a Roma en 1887, en compañía de una caravana de peregrinos, tenía como objeto conseguir del Pontífice su pronta entrada en el Carmelo. Vio a León XIII, pero en compañía de los peregrinos. Éstos debían desfilar delante del Padre Santo y besarle la mano, pero de ningún modo hablarle. Cuando le llegó la vez a Teresa, se arrodilló llena de angustia a los pies del Papa, los ojos bañados de lágrimas, y haciendo un supremo esfuerzo, imploró:

—Santísimo Padre, tengo que pediros una gracia muy grande.

«Entonces—dice ella—el Pontífice inclinó su cabeza hasta mí, tocando casi su rostro con el mío. Hubiérase dicho que sus negros y profundos ojos querían penetrar hasta lo más íntimo de mi alma.» León XIII habló a la niña cariñosamente; pero en lo que se refiere al asunto que a Teresa más le interesaba, sus palabras más explícitas fueron éstas:

—Vamos, vamos... Entrarás, si lo quiere el buen Dios.

Teresa quiso insistir; pero dos guardias nobles la cogieron por los brazos y fue preciso continuar las solicitudes en Francia. El obstáculo era siempre su corta edad, aunque tal vez se pensaba, sin decirlo, en la sensibilidad exquisita de aquella que, estando en el colegio, recogía llorando, en las mañanas de invierno, los pajarillos muertos de frío, y los enterraba piadosamente.

Sus deseos se vieron, finalmente, cumplidos el 9 de abril de 1888. Aquel día dio el último adiós al jardín de la casa paterna y al vasto mundo, que le había parecido tan bello entre los esplendores de las tierras italianas. Delante del cielo de Italia, había dicho: «Cuando, encerrada en el Carmelo, no pueda ver más que un trocito de cielo, me acordaré del día de hoy.» No es que empezase una nueva vida. Toda la vida de Teresa nos sorprende por su unidad. Lisa, recta, es la obra maestra de una voluntad que corresponde a la gracia sin titubeos. Pero ahora la va a vivir con más intensidad. Era la vida cotidiana de un convento carmelitano llevada con amor y con valor, sin estridencias ni actitudes excepcionales; una pequeña vida ordinaria, como decía la joven novicia. Ahora podía repetirse lo que había dicho una maestra suya aludiendo a su estancia en el colegio: «No hizo ninguna cosa extraordinaria, pero todo lo hizo extraordinariamente bien.»

Lo extraordinario se escondía dentro de su alma, era su amor. «Ahora—escribía—no tengo más que un deseo: amar a Jesús hasta la locura.» Este amor producía en ella un grande amor al prójimo, dándole a entender que su vida debía ser un sacrificio continuo por la salvación de las almas. Rezaba y ofrecía sus dolores por los misioneros, y no podía leer, sin conmoverse, la vida del bienaventurado Teófanes Vénard, que acababa de morir martirizado en el Tonquín. «Le amo—decía—, porque es un pequeño santo, lleno de sencillez, que amaba a la Virgen y quería mucho a su familia, y vivía en un amoroso abandono en las manos de Dios.» Y añadía: «Se lee en la vida de ciertos santos que eran graves y austeros, aun en las horas de recreo. Estos me atraen menos que Teófanes Vénard, el cual aparecía siempre más alegre.»

Amaba la alegría y la derramaba en torno suyo, pero su alma era un buen brasero que crepitaba y despedía llamas dolorosas. La enfermedad la minaba y atormentaba; Dios la probaba con la tortura terrible de las arideces continuas, y sus hermanas con los alfilerazos de la incomprensión, muy duros para un alma exquisita como la suya. «¡Ah! —exclamaba—, nadie piensa en las almas sino para herirlas. Muchas son enfermas, otras débiles, todas pacientes. ¡Qué ternura debiéramos guardar para ellas!» Su priora tratábala con particular dureza. «No podía encontrarla—dice Teresa—sin ser objeto de algún reproche.» Así, un día en que Teresa iba, por orden de su maestra, a arrancar hierba del jardín, díjola en tono desabrido: «Esta niña no hace absolutamente nada. Todos los días hay que mandarla de paseo.» Poco antes de morir, Teresa podía decirle estas palabras: «Madre mía, mucho os agradezco el no haberme guardado jamás ningún miramiento.» Y sonreía amablemente. Todo lo que sabemos de sus relaciones con las compañeras es de la misma calidad, reflejo de un dominio heroico de sí misma. Como San Bernardo, pudiera haber dicho que su mayor penitencia era la vida común.

Así pasó sus diez años de clausura, siguiendo la regla con estricta puntualidad, aunque con tal suavidad y discreción, que hasta después de su muerte las Hermanas no se dieron cuenta de que habían vivido con una santa. Pero su alma de fuego se consumía bajo aquellas apariencias de regularidad y dulzura. El amor debilitaba su organismo, menos fuerte que su voluntad. El Viernes Santo de 1897, después de haber prolongado la oración hasta medianoche, se acostó muy fatigada. Al poco rato sintió subir una oleada de su pecho y hervir en su garganta. Por mortificación, no encendió la bujía, pero al día siguiente observó que su pañuelo estaba lleno de sangre, muy alegre al considerar que aquello era «el dulce y lejano murmullo de la llegada de Cristo». «Ya nada me impide volar—decía entonces—, porque no tengo otro deseo que amar, hasta morir de amor.» Por aquellos días empezó a hablar también de la lluvia de rosas que haría caer sobre la tierra después de su muerte. Hablaba con una abundancia maravillosa, como si al acercarse el cumplimiento de su misión se la libertase del silencio por una sobrenatural consigna.

Al llegar los días de otoño sintió que se acababan sus fuerzas. No podía dormir. La enfermera solía encontrarla con las manos juntas y los ojos clavados en el Cielo.

—¿Qué haces así?—le preguntaba.

—Conversar con Jesús—respondía ella.

—¿Y qué le dices?

—No le digo nada; le amo.

—¿No tienes temor de condenarte?

—Los niños pequeños no se condenan.

Su agonía se prolongaba días enteros. «No voy a saber morir nunca—decía ella en medio de los más terribles sufrimientos—. No creí que fuese posible sufrir tanto, pero no me arrepiento de haberme entregado al amor.» De repente, un grito de amor, el último:

—¡Oh, yo le amo!.... ¡Yo os amo, Dios mío!

En este momento se sintió un rumor de alas. Una tortolina venía del jardín y se posaba en el borde de la ventana, desgranando su líquido arrullo. La cabeza de Teresa, que parecía inclinada para siempre, se irguió. Su tez se puso fresca y rosada; sus ojos parecían mirar con arrobamiento una cosa lejana. Después se cerraron para siempre. Era el día 30 de septiembre.

La lluvia de rosas empezó inmediatamente. La pequeña vida, desgranada en el silencio del claustro, fue la admiración de todo el mundo. Las maravillas se multiplicaron y se dio comienzo a las peregrinaciones. Los hombres recogieron con amor todos los recuerdos y reliquias de la santa, y entre ellos sus escritos. Sin darse cuenta, había escrito cosas muy bellas. Es cierto que no tienen gran valor literario sus poesías, ni tampoco se puede dar importancia a algunas pinturas que dejó. Ella tampoco se la daba. En cambio, su prosa, la Historia de un alma, tiene un sello profundamente personal. Es una bella prosa, amplia, armoniosa, vibrante, de una fluida elegancia. Es su mismo ser espontáneo y natural como el agua que mana de la fuente.