EL ESPÍRITU DE LA NAVIDAD EN LA LITURGIA


SERMÓN DE SAN BERNARDO DE CLARAVAL SOBRE EL MISTERIO DE LA NAVIDAD




Publicado en SERMONES DE SAN BERNARDO DE CLARAVAL




Sobre el anuncio litúrgico del nacimiento del Señor:

Jesucristo, Hijo de Dios, nace en Belén de Judá



  



CAPÍTULO 1



Un grito de júbilo resuena en nuestra tierra; un grito de alegría y de salvación en las riendas de los pecadores. Hemos oído una palabra buena, una palabra de consuelo, una frase rezumante de gozo, digna de todo nuestro aprecio.


Exultad, montañas; aplaudid, árboles silvestres, delante del Señor porque llega. Oíd cielos; escucha, tierra; enmudece y alaba, coro de las criaturas; pero más que nadie, tú, hombre. Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de Judá. ¿Quién tendrá corazón tan de piedra que, al oír este grito, no se le derrita el alma? ¿Se podría anunciar mensaje más consolador? ¿Se podría confiar noticia más agradable? ¿Cuándo se ha oído algo semejante? ¿Cuándo ha sentido el mundo cosa parecida? Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de Judá. ¡Expresión concisa sobre la Palabra condensada, pero henchida de celeste fragancia! El afecto se fatiga intentando expandir un mayor derroche de esta meliflua dulzura, pero no encuentra palabras. Tanta gracia destila esta expresión, que, si se altera una simple coma, se siente de inmediato una merma de sabor.


Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de Judá. ¡Oh nacimiento esclarecido en santidad, glorioso para el mundo, querido por la humanidad a causa de incomparable beneficio que le confiere, insondable incluso para los ángeles en la profundidad de su misterio sagrado! Y bajo cualquier aspecto, admirable por la grandeza exclusiva de su novedad; jamás se ha visto cosa parecida, ni antes ni después. ¡Oh alumbramiento único, sin dolor, cándido, incorruptible; que consagra el templo del seno virginal sin profanarlo! ¡Oh nacimiento que rebasa las leyes de la naturaleza, si bien la transforma; inimaginable en el ámbito de lo milagroso, pero subsanador por la energía de su misterio!


Hermanos: ¿Quién podrá proclamar esta generación? El ángel anuncia. La fuerza de Dios cubre con la sombra. Baja el Espíritu. La Virgen cree. La Virgen concibe en la fe. La Virgen alumbra y permanece virgen. ¿Quién no se asombrará? Nace el Hijo del Altísimo, Dios de Dios, engendrado antes de todos los siglos. Nace la Palabra-niño. Imposible admirarlo cual se merece.


CAPÍTULO 2



Tampoco es inútil este nacimiento, ni queda estéril tal condescendencia de la majestad divina. Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de Judá. Los que yacéis en el polvo, levantaos exultantes. Mirad al Señor de la salvación. Trae la salvación y viene con ungüentos y con gloria. Es inconcebible un Jesús sin salvación, como lo es un Cristo sin unción y un Hijo de Dios sin gloria. El es la salvación; él, la unción y la gloria, como está escrito: El Hijo sensato es la gloria del padre.


Dichosa el alma que ha gustado del fruto de la salvación, porque le atrae y corre tras el olor de los perfumes para contemplar su gloria, gloria del Hijo único del Padre. Reanimaos los que os sentís desahuciados: Jesús viene a buscar lo que estaba perdido. Reconfortaos los que os sentís enfermos : Cristo viene para sanar a los oprimidos con el ungüento de su misericordia. Alborozaos todos los que soñáis con altos ideales: el Hijo de Dios baja hasta vosotros para haceros partícipes de su reino. Por eso imploro: Sáname, Señor, y quedaré sano; sálvame, y quedaré a salvo; dame tu gloria, y seré glorificado. Y mi alma bendecirá al Señor, y todo mi interior a su santo nombre, cuando perdones todas mis culpas, cures todas mis enfermedades y sacies de bienes mis anhelos.


Estas tres cosas, queridísimos míos, saboreo en mi alma cuando oigo la buena noticia del nacimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios. ¿Por qué le llamamos Jesús? Unicamente porque salvará a su pueblo de todos sus pecados. ¿Y por qué le llamamos Cristo? Porque hará pudrir el yugo de tu cuello con la efusión del aceite. ¿Por qué e Hijo de Dios se hace hombre? Para que los hombres se vuelvan hijos de Dios. ¿ Quién puede resistir a su voluntad? Si Jesús es el que perdona, ¿quién se atreverá a condenar? Si es Cristo el que cura, ¿quién podrá herir? Si el Hijo de Dios es el que enaltece, ¿a quién se le ocurrirá humillar?


CAPÍTULO 3



Nace Jesús. Alégrese incluso el que siente en su conciencia de pecador el peso de una condena eterna. Porque la misericordia de Jesús sobrepuja el número y gravedad de los delitos. Nace Cristo. Gócense todos los que han sufrido la violencia de los vicios que dominan al hombre, pues ante la realidad de la unción de Cristo no puede quedar rastro alguno de enfermedad en el alma, por muy arraigada que esté. Nace el Hijo de Dios. 

Alborócense cuantos sueñan con sublimes objetivos, porque es un generoso galardonador.

Hermanos, he aquí al heredero. Acojámosle con devoción, y recibiremos su misma herencia. Aquel que entregó a su mismo Hijo por nosotros, ¿cómo nos negará los demás dones con el don de Hijo? Rechacemos la desconfianza y la duda. Tenemos un firme apoyo : La Palabra se ha hecho carne y acampó entre nosotros. El Hijo único de Dios quiso tener muchos hermanos para ser entre todos ellos el primero. No tiene por qué dudar el apocamiento de la debilidad humana. Fue el primero en hacerse hermano de los hombres, hijo del hombre, hombre. Y, aunque el hombre opine que esto es imposible, los ojos confirman la fe.


CAPÍTULO 4



Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de judá. Fíjate en el detalle. No nace en Jerusalén, la ciudad de los reyes. Nace en Belén, diminuta entre las aldeas de Judá. Belén, eres insignificante, pero el Señor te ha engrandecido. Te enalteció el que, de grande que era, se hizo en ti pequeño. Alégrate Belén. Que en todos tus rincones resuene hoy el cántico del "Aleluya". ¿Qué ciudad, oyéndote, no envidiará ese preciosísimo establo y la gloria de su pesebre? Tu nombre se ha hecho famoso en la redondez de la tierra y te llaman dichosa todas las generaciones. Por doquier te proclaman dichosa, ciudad de Dios. 

En todas partes se canta: El hombre ha nacido en ella; el Altísimo en persona la ha fundado. En todo lugar, repito, se anuncia se proclama que Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de Judá.


Y no en vano se añade de judá, pues la expresión nos insinúa que la promesa se hizo a nuestros padres. No se le quitará a Judá el cetro, no dejará de salir el caudillo de entre sus muslos, basta que llegue el que tiene que venir. El mismo será la esperanza de todas las naciones. Es cierto que la salvación viene de los judíos, pero se extiende hasta los confines de la tierra. Está escrito: A ti, judá, te alabarán tus hermanos; pondrás tus manos sobre las nucas de tus enemigos; y otras cosas que leemos, pero que nunca se cumplieron en la persona de Judá, sino únicamente en Cristo: él es el león de la tribu de Judá. Sobre esto mismo está también escrito: Judá es un cachorrillo de león; te has abalanzado hacia la presa, hijo mío. Cristo es el hábil cazador que, antes de saber decir mamá o papá, se llevó el botín de Samaria. Diestro conquistador que, subiendo a lo alto, llevó cautiva a la misma cautividad. Y, sin robar nada, distribuyó dones a los hombres.


La expresión Belén de Judá nos recuerda estas profecías y otras parecidas que se cumplieron en Cristo, porque se referían a su persona. Ya no nos interesa saber si de Belén puede salir algo bueno.


CAPÍTULO 5



Lo que sí nos interesa saber es la manera como quiere ser acogido el que quiso nacer en Belén. Quizá alguno hubiera pensado prepararle fastuosos palacios, para acoger con realce al rey de la gloria. No es ése el motivo de su venida desde el trono real. En la izquierda trae honor y riquezas, y en la derecha largos años. En el cielo había abundancia eterna de todas estas cosas, pero no pobreza. 

Precisamente abundaba y sobreabundaba esto en la tierra, y el hombre ignoraba su valor. El Hijo de Dios se prendó de ella, bajó, se la escogió, y revalorizó su encanto para nosotros. Engalana tu lecho, Sión; pero con humildad y con pobreza. i.e agradan estos pañales. María nos asegura que le gusta envolverse con estas telas. Sacrifica a tu Dios las abominaciones de los egipcios.


CAPÍTULO 6



Por último, fíjate que nace en Belén de Judá. Procura tú mismo llegar a ser Belén de Judá. Entonces no desdeñará tu acogida. Belén es la "casa del pan". Judá significa confesión. Tú sacia tu alma con el alimento de la palabra divina. Y aunque indigno, recibe con fidelidad y con la mayor devoción posible ese pan que baja del cielo y que da la vida al mundo: el cuerpo del Señor Jesús. De este modo, la carne de la resurrección renovará y confortará al viejo odre de tu cuerpo. Así, mejorado por este sedimento, podrá contener el vino nuevo que está en el interior. Y si, en fin, vives de la fe, nunca te lamentarás de haber olvidado de comer tu pan. Te has convertido en Belén, y digno, por tanto, de acoger al Señor; contando siempre con tu confesión. Sea, pues, Judá tu misma santificación. Revístete de confesión y de gala; condición indispensable que Cristo exige a sus ministros.


Para concluir, el Apóstol te pide estas dos cosas en breves palabras: gue la fe interior alcance la justicia y que la confesión pública logre la salvación. La justicia en el corazón, y el pan en la casa. Ese es el pan que santifica. Dichosos los que tienen hambre de justicia, porque quedarán saciados. Haya justicia en el corazón, pero que sea la justicia que brota de la fe. Únicamente ésta merece gloria ante Dios. Afore también la confesión en los labios para la salvación. Y ya, con toda confianza, recibe a aquel que nace en Belén de Judá, Jesucristo, el Hijo de Dios.

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS Y LA SANTA MISA

Visto en JOVEN CRISTIANO


LA SANTA MISA UNA OFRENDA DE AMOR(Devocionario Católico)

LA SANTA MISA UNA OFRENDA DE AMOR 

Es el acto más grande, más sublime y más santo, que se celebra todos los días en la tierra. Nada hay más sublime en el mundo que Jesucristo, y nada más sublime en Jesucristo que su Santo Sacrificio en la Cruz, actualizado en cada Misa, puesto que la Santa Misa es la renovación del Sacrificio de la Cruz. 

"Todas las buenas obras del mundo reunidas, no equivalen al Santo Sacrificio de la Misa, porque son obras de los hombres, mientras que la Misa es obra de Dios. En la Misa, es el mismo Jesucristo Dios y Hombre Verdadero el que se ofrece al Padre para remisión de los pecados de todos los hombres y al mismo tiempo le rinde un Honor Infinito". (El Santo Cura de Ars)


La santa Misa alegra toda la corte celestial, alivia a las pobres ánimas del purgatorio, atrae sobre la tierra toda suerte de bendiciones, y da más gloria a Dios que todos los sufrimientos de los mártires juntos, que las penitencias de todos los solitarios, que todas las lágrimas por ellos derramadas desde el principio del mundo y que todo lo que hagan hasta el fin de los siglos. (Cura de Ars)
Misa, Cena y Cruz son un mismo sacrificio. Con razón decía San Bernardo: "Más merece el que devotamente oye una Misa en gracia de Dios, que si diera todos sus bienes para sustento de los pobres".
"Oir una Misa en vida o dar una limosna para que se celebre, aprovecha más que dejarla para después de la muerte." (San Anselmo)
"Más aprovecha para la remisión de la culpa y de la pena, es decir, para la remisión de los pecados, oir una Misa que todas las oraciones del mundo" (Eugenio III Papa)
Con la Misa se tributa a Dios más honor, que el que pueden tributarle todos los Ángeles y Santos del cielo. Puesto que el de éstos, es un honor de criaturas, mas en la Misa se le ofrece su mismo Hijo Jesucristo, que le tributa un Honor Infinito. (San Alfonso Mª Ligorio).
Con la asistencia a la Misa, rindes el mayor homenaje a la Humanidad Santísima de Nuestro Señor Jesucristo. Durante la Misa te arrodillas en medio de una multitud de Ángeles que asisten invisiblemente al Santo Sacrificio con suma reverencia.
A la hora de tu muerte, tu mayor consolación serán las Misas que hayas oído durante tu vida. Cada Misa que oíste, te acompañará al Tribunal Divino, y abogará para que alcances el Perdón.
Con cada Misa, puedes disminuir el castigo temporal que debes por tus pecados, en proporción con el Fervor con que la oigas.
Con cada Misa aumentas tus grados de gloria en el Cielo. En ella recibes la bendición del Sacerdote, que Dios ratifica en el Cielo.
Santa Teresa suplicaba un día al Señor, le indicara cómo podría pagarle todas las mercedes que le había dispensado y le contestó "oyendo una Misa".
"Todas las buenas obras del mundo reunidas, no equivalen al Santo Sacrificio de la Misa, porque son obras de los hombres, mientras que la Misa es obra de Dios. En la Misa, es el mismo Jesucristo Dios y Hombre Verdadero el que se ofrece al Padre para remisión de los pecados de todos los hombres y al mismo tiempo le rinde un Honor Infinito". (El Santo Cura de Ars)
El calvario fue el primer Altar, el Altar verdadero, después todo el Altar se convierte en Calvario.
No hay en el mundo lengua con que poder expresar la grandeza y el valor de la Santa Misa. Si la verdad es que Cristo se ofrece al Padre Eterno todos los días en la Santa Misa por la salvación de los hombres, por la salvación de todo el mundo ¿vamos a dejarlo sólo?.
Busquemos la media hora diaria para unirnos a Jesús en la Santa Misa, para adorar al Padre y darle el honor que se merece, para darle gracias por tantos favores recibidos, para aplacar su ira irritada por tantos pecados y darle plena satisfacción por ellos e implorar gracia y misericordia para todos los hombres del mundo, en fin, para agrandar el Cielo y hacer más Gloriosa la Pasión de Cristo.
A tí, que tanto te gusta hacer el bien, ¿ vas a dejar pasar diariamente la ocasión de unirte a la obra más grande que se realiza en la Tierra por el mismo Cristo?
Lee, piensa y medita muchas veces esta INVITACIÓN del Señor; y ten presente, siempre que..."AMOR CON AMOR SE PAGA".

12 MOTIVOS DE OIR DEVOTAMENTE LA SANTA MISA.
1) En la hora le tu muerte, las misas oídas serán tu mayor consuelo.
2) Cada misa oída con devoción será una prenda segura de perdón en la hora del juicio.
3) Por cada misa oída puedes disminuir el castigo temporal merecido por tus pecados.
4) Al asistir devotamente la santa Misa rindes al Sagrado Corazón de Jesús, el más grande homenaje posible.
5) Por la santa Misa, nuestro Señor Jesucristo satisface por tus muchas negligencias y omisiones.
6) Te perdona todos los pecados veniales que buscas de evitar. Se disminuye el poder del demonio sobre ti.
7) Por medio de la santa misa puedes ayudar y salvar muchas almas del purgatorio.
8) Una sola misa que oyes con devoción durante toda tu vida mortal será de mayor provecho que muchas otras ofrecidas después de fu muerte.
9) De muchos peligros y desgracias te preserva Dios a causa de la santa Misa que oyes con devoción. Además se acortan los días del purgatorio.
10) Durante la santa Misa, el altar está rodeado de multitud de ángeles que asisten con suma atención al Santo Sacrificio.
11) Dios te bendice en tus empresas temporales.
12) Si, al oír la santa Misa con devoción, ofreciéndola a Dios Omnipotente en honor de algún Santo o Angel, agradeciendo al Señor por los favores concedidos a él, honras al Angel o Santo, y de este modo te haces acreedor a la especial protección de aquel Angel o Santo.
Tomado del Excelente sitio Devocionario Católico

NOVENA PARA HONRAR AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

PARA PREPARAR SU FIESTA PRÓXIMA.

(13 al 21 de agosto).




Publicado en MARÍA MEDIADORA

NOVENA AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA



SEGÚN LAS REVELACIONES DE FÁTIMA(Puede rezarse esta novena en cualquier época del año)



El Corazón de la Madre es en todo semejante al Corazón del Hijo. También la Bienaventurada Virgen es para la Iglesia una presencia de paz y de reconciliación: ¿No es Ella quien, por medio del Ángel Gabriel, recibió el mayor mensaje de reconciliación y de paz que Dios haya jamás enviado al género humano (Lc. 1,26-38)?

         María dio a luz a Aquel que es nuestra reconciliación; Ella estaba al pie de la Cruz cuando, en la Sangre del Hijo, Dios reconcilió "con El todas las cosas" (Col 1,20); ahora, glorificada en el Cielo, tiene -como recuerda una plegaria litúrgica- "un corazón lleno de misericordia hacia los pecadores, que, volviendo la mirada a su caridad materna, en Ella se refugian e imploran el perdón de Dios..." 

          María, Madre Virgen, que conoces mejor que nosotros el Corazón Divino de tu Hijo, únete a nosotros hoy en esta adoración a la Santísima Trinidad e igualmente en la humilde oración por la Iglesia y el mundo. Tu sola eres la guía de nuestra plegar
ia. 


ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS

¡Oh María, digna Madre de Dios y tierna Madre nuestra, que apareciendo en Fátima, nos habéis mostrado nuevamente en vuestro Corazón un asilo y refugio segurísimo, y en vuestro Rosario un arma victoriosa contra el enemigo de nuestras almas, dándonos también rica promesa de paz y vida eterna!
Con el corazón contrito y humillado por mis culpas, pero lleno de confianza en vuestras bondades, vengo a ofreceros esta Nvena de alabanzas y peticiones.
Recordando, Señora benignísima, las palabras de Jesús en la Cruz, "Ahí tienes a tu Madre", os digo con todo afecto: ¡Madre, aquí tenéis a vuestro hijo!
Recibid mi corazón, y ya que es palabra vuestra "Quien me hallare, hallará la vida", dadme que amándoos con amor filial, halle y goce aquí la vida de la gracia y después la vida de la gloria. Amén.

Después de la meditación propia del día pídanse las gracias.
Para alcanzarlas, rezar cinco Avemarías al Inmaculado Corazón de María.


ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS
¡Oh Corazón de María, el más amable y compasivo de los corazones después del de Jesús, Trono de las misericordias divinas en favor de los miserables pecadores! Yo, reconociéndome sumamente necesitado, acudo a Vos en quien el Señor ha puesto el tesoro de sus bondades con plenísima seguridad de ser por Vos socorrido. Vos sois mi refugio, mi amparo, mi esperanza; por esto os digo y os diré en todos mis apuros y peligros:
¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!
Cuando la enfermedad me aflija, o me oprima la tristeza, o la espina de la tribulación llague mi alma,
¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!
Cuando el mundo, el demonio y mis propias pasiones, coaligados para mi eterna perdición, me persigan con sus tentaciones y quieran hacerme perder el tesoro de la divina gracia,
¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!
En la hora de mi muerte, en aquel momento espantoso del que depende mi eternidad, cuando se aumenten las angustias de mi alma y los ataques de mis enemigos,
¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!
Y cuando mi alma pecadora se presente ante el tribunal de Jesucristo para rendirle cuenta de toda su vida, venid Vos a defenderla y ampararla, y entonces, ahora y siempre,
¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!
Estas gracias espero alcanzar de Vos, ¡oh Corazón amantísimo de mi Madre!, a fin de que pueda veros y gozar de Dios en vuestra compañía por toda la eternidad en el cielo. Amén.



MEDITACIÓN DEL DÍA

Día 1º
Reinado del Inmaculado Corazón de María
 Dijo la Virgen a los pastorcitos de Fátima: "Jesús quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón".
En verdad, ¿puede haber cosa más justa y digna? Oigamos al P. Claret: "¿Habrá quien pregunte por qué veneramos al Corazón de María? ¿Se han meditado bien la excelencia de este Corazón y las perfecciones sobrehumanas y más que angélicas que lo adornan? ¡Oh, con qué alegría contempla el Señor al Corazón de María, al que ninguna mancha desfigura ni afea germen alguno de pasión mala, en el que no existe sobra de defecto que pueda hacerle indigno y cuyas afecciones son todas celestes! O por hablar con más propiedad, ¡con qué satisfacción no se contempla a Sí mismo en aquel espejo fiel en donde se hallan retratados todos los rasgos de su semejanza, borrados en el resto de los hombres!". Y afirma San Bernardino de Siena que "para ensalzar los sentimientos del Corazón Virginal de María no bastan las lenguas de todos los hombres, ni aún las de los ángeles". ¡Tan digno y santo es!
¡Oh alma devota! Dios lo quiere: Dios ha honrado sobremanera al Corazón de María: honra tú también, ama y obsequia cuanto puedas al Corazón amantísimo de tu dulce Madre.

Día 2º
Desagravio al Inmaculado Corazón de María
La Virgen pidió en Fátima a los tres niños ofrecieran sacrificios en reparación de las ofensas que se infieren a su Inmaculado Corazón. Pidió en particular la comunión reparadora de los primeros sábados.
Lo que sostiene a este mundo pecador es el espíritu de reparación, que llega a su valor más alto en la misa, donde Jesús encabeza las reparaciones y desagravios de la Iglesia toda a su Eterno Padre.
Se ofende a Dios, y se ofende mucho también a su amadísima Madre, cuyo Corazón gime atravesado con la simbólica espada. "Ese vaso de santidad -exclama San Buenaventura- ¿cómo se ha trocado en mar de penalidades?" La Virgen Madre puede responder: "Hijos he criado y exaltado, mas ellos me despreciaron".
¡Penitencia! nos dice María en Fátima como en Lourdes. Sí: Fátima es un pregón de penitencia para esta época en que se niega la gravedad del pecado, se glorifica el sensualismo y se concretan las aspiraciones a gozar de esta vida.
No volver a pecar: esto es lo primero en el verdadero penitente. Y luego, mortificarse y sufrir algo por Dios. Oigamos, pues, el clamor de María: ofrezcamos oraciones, buenas obras y sacrificios en desagravio a su afligido Corazón.

Día 3º
El Inmaculado Corazón de María, iris de paz
El mundo desconoce a Dios; es un impío; y está escrito: "No hay paz para los impíos". Habrá en él mucha inteligencia, mucho brazo, mucha máquina; pero falta corazón. Y por eso falta amor, concordia, paz.
En Fátima aparece y brilla como nunca un Corazón, un Corazón de Madre, capaz de unir los corazones todos y llevarlos a Dios.
"En ese Corazón -dice Ricardo de San Lorenzo- la justicia y la paz se besaron", porque como explica San Bernardo, "maría recibió del mismo Corazón del Eterno Padre en su propio Corazón, al Verbo", que es nuestra paz y reconciliación.
¿Acaso no es oficio propio de la madre aplacar al Padre con los hijos y pacificar a éstos entre sí? Sala de esos armisticios es el corazón de toda madre. El de María es arca noética de donde sale siempre la paloma mensajera de paz, cuyos ramitos de olivo caen y germinan en las tierras ensangrentadas por el odio.
"Abre, pues, oh María -le suplica San Bernardo- la puerta del Corazón a los llorosos hijos de Adán". Ante ese "áureo altar de paz" vengan todos a depositar su ofrenda, reconciliados ya con sus hermanos. Roguemos a la Reina de la paz la dé a los pueblos y familias; pero más, mucho más a los pecadores que están alejados de Dios y tiranizados por el demonio.

Día 4º
El Inmaculado Corazón de María y los pecadores
No una, sino varias veces exhortó la Virgen a los niños de Fátima a orar y sufrir por la conversión de los pecadores, y pidió expresamente el culto a su Corazón como medio de conversiones.
Dicen muchos: "Pequé, y ¿qué de malo me ha sucedido?". No hablarían así, a poca fe y reflexión que tuvieran. Verían que el pecado mortal mata al alma, roba la paz y todos los méritos, enemista con Dios y esclaviza bajo el poder de satanás. El que muere en pecado mortal se condena para siempre. ¡Qué espantosa desgracia!
Una avemaría diaria rezan los archicofrades del Corazón de María por los pecadores. Y María les inspira arrepentimiento, confesión, enmienda, y así les torna la vida, antes insoportable, dulce y feliz. "¡Cuánto no debemos al tesoro de consuelos que encierra el Corazón Inmaculado de María!" exclamaba el P. Faber, convertido por ese Corazón de Madre.
"¡Oh María! -le decía San Alfonso María de Ligorio- si vuestro Corazón llega a tener compasión de mí, no podrá dejar de protegerme".
El Papa en nombre de toda la humanidad pecadora, ora de este modo: "Estamos seguros de obtener misericordia y de recibir gracias, no por nuestros méritos, de los que no presumimos, sino únicamente por la inmensa bondad de vuestro materno Corazón".
Acude tú también a este Trono de misericordia; y pídele la conversión de los pecadores empedernidos.

Día 5º
La Gran Promesa del Inmaculado Corazón de María
Esta promesa será sin duda lo que más perpetúe el nombre de Fátima a través de los siglos y traiga más frutos de salvación. "Prometo -dijo la Virgen- asistir en la hora de muerte con las gracias necesarias para la salvación a los que en cinco primeros sábados de mes seguidos comulguen y recen el rosario meditado".
Ante este alarde de misericordia del Corazón de María, el mundo se ha conmovido. El mismo soberano Pontífice pone al principio de la misa del Corazón de María aquella invitación: "Vayamos con confianza a ese Trono de gracia". Y cada uno de los fieles ganoso de asegurar lo que más importa, el porvenir eterno, tiene cuenta con sus cinco primeros sábados, evita el interrumpirlos, se alegra de coronarlos y se complace en repetirlos.
Es interesante el dato evangélico: Jesús otorgaba sus favores y prodigios preferentemente en sábado. E interrogaba a sus detractores: ¿Es lícito curar en sábado? Su Madre divina parece responder: los sábados son los días de mi predilección a favor de mis devotos en la tierra y en el purgatorio.
¡Oh alma! reza el rosario y comulga en dichos días, con gratitud, con fervor, en espíritu de reparación, y no lo dudes: albergada en ese Corazón, que es, según San Buenaventura, "deliciosísimo paraíso de Dios", pasarás al paraíso eterno.

Día 6º
El Inmaculado Corazón de María y el Santo Rosario
Como en Lourdes, María pide en Fátima el rezo del rosario, y pide lo recemos diariamente, por la paz y por los pecadores, es decir: "por la paz de las armas y por la paz de las almas", según frase del Papa.
¿Necesitaremos más invitaciones para darnos a esta dulcísima y salvadora devoción? Dulcísima, pues como dice San Anselmo de Luca, "debería rebosar célica dulzura nuestra boca al saludar a tan benigna Señora y bendecir el fruto de su vientre, Jesús". Salvadora, pues dice Montfort: "No sé el cómo ni el porqué, pero es una verdad, que para conocer si una persona es de Dios, basta examinar si gusta de rezar el Avemaría y el Rosario".
Dijo la Virgen al P. Claret: "Quiero que seas el Domingo de Guzmán de estos tiempos". Y él propagó el Rosario con celo indecible, transformando los hogares.
Al B. P. Hoyos le declaró la misma Señora: "Hasta ahora ninguno se ha condenado, ni se condenará en adelante  que haya sido verdadero devoto de mi rosario".
"¡Reina del Santísimo Rosario!": así empieza el Papa la Consagración al Corazón de María, para indicarnos su aprecio al rosario. Alma fiel: el Rosario sea para ti un tesoro: rézalo en familia o en particular todos los días de tu vida.

Día 7º
El Inmaculado Corazón de María y la meditación
La Virgen de Fátima prometió el Cielo a los que en 5 primeros sábados comulguen y recen el Rosario meditando sus misterios.
En la historia del cristianismo, que cuenta 20 siglos, es la primera vez que la Virgen invita al mundo a la práctica de la meditación u oración mental. Sabe muy bien que la irreflexión es la característica de nuestra época, llena de desolación, porque no hay quien medite de corazón.
¿Y quién podrá invitarnos mejor a la meditación que María, que en su Corazón -testigo el Evangelio- guardaba, meditaba y analizaba todas las palabras y acciones de Jesús niño, de Jesús adolescente, de Jesús hombre, y así se santificaba de día en día?
Para Ella sí que las palabras de Jesús eran palabras de vida eterna; y pues el hombre vive de toda palabra que procede de la boca de Dios, de ellas se alimentaba la Virgen como de una verdadera Eucaristía.
Si San Juan Eudes llama al Corazón de María "Libro de la Vida", es porque en las páginas delicadas de su Corazón la Virgen imprimía y releía todo lo que decía y hacía Jesús durante aquellos 30 años, para ser después el archivo divino de la Iglesia naciente.
"Ea, pues, -dice San Juan Crisóstomo- lo que María meditaba en su Corazón, meditémoslo en el nuestro". En los misterios del rosario está la vida de Jesús y de María: quien los medite bien, no pecará jamás.

Día 8º
El Inmaculado Corazón de María y el Papa
En sus apariciones de Fátima la Virgen menciona varias veces con amor al Santo Padre y pide se ore mucho por él.
El Papa es, entre todos los mortales, el primer hijo del Corazón de María, por ser el "Jesús visible", o como decía Santa Catalina de Siena, "el dulce Cristo en la tierra".
El Papa es nuestro Padre. ¡Oh si le tuviéramos aquel amor filial que le profesaba San Juan Bosco, quien por ser fiel a su consigna "con el Papa hasta la muerte", tanto sufrió de los enemigos de la Iglesia, y el P. Claret, que en pleno Concilio Vaticano manifestó que ansiaba derramar toda su sangre en defensa de la infalibilidad pontificia!
Es nuestro Padre amantísimo: hemos de profesarle amor, respeto y obediencia; no consentir jamás se le ataque y persiga; rogar para que el Corazón de María lo ilumine y guarde de todo peligro, lo haga feliz en la tierra y lo corone de gloria en el cielo.

Día 9º
Acto de Consagración al Inmaculado Corazón de María

(Acto de Consagración al Inmaculado Corazón de María compuesto y leído por el Papa Juan Pablo II . Solemnidad de la Anunciación de 1984)

"Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios".
Pronunciando las palabras de esta antífona, con la que la Iglesia de Cristo ora desde hace siglos, nos encontramos hoy ante Ti, Madre, en el año jubilar de la nuestra Redención.
Nos encontramos unidos con todos los Pastores de la Iglesia, con un particular vínculo, constituyendo un cuerpo y un colegio, así como por Voluntad de Cristo los Apóstoles constituían un cuerpo y un colegio con Pedro.
En el vínculo de tal unidad pronunciamos las palabras del presente Acto, en el que deseamos incluir, una vez más, las esperanzas y las angustias de la Iglesia por el mundo contemporáneo.
La Iglesia, recordando aquellas palabras del Señor : "Id ... y enseñad a todas las naciones... He aquí que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,19-20), ha reavivado, en el Concilio Vaticano II, la conciencia de su misión en este mundo.
Y por eso, oh Madre de los hombres y de los pueblos, Tú que conoces todos sus sufrimientos y sus esperanzas, Tú que sientes maternalmente todas las luchas entre el Bien y el mal, entre la Luz y las tinieblas, que sacuden el mundo contemporáneo, acoge nuestro grito que, movidos por el Espíritu Santo, dirigimos directamente a Tu Corazón: abraza, con Amor de Madre y de Sierva del Señor, este nuestro mundo humano, que te confiamos y consagramos, llenos de inquietudes por la suerte terrena y eterna de los hombres y de los pueblos. De un modo especial te confiamos y consagramos aquellos hombres y aquellas naciones, que de esta entrega y de esta consagración tienen particular necesidad.
"¡No desprecies nuestras súplicas, que estamos en la prueba!".
He aquí, encontrándonos ante Ti, Madre de Cristo, ante tu Corazón Inmaculado, deseamos, junto con toda la Iglesia, unirnos a la consagración que por amor nuestro, tu Hijo ha hecho de Sí mismo al Padre : "Por ellos - ha dicho Él - me consagro a Mí mismo, para que también ellos sean consagrados en la Verdad"  (Jn, 17,19). Queremos unirnos a Nuestro Redentor en esta consagración por el mundo y por los hombres, la cual en su Divino Corazón, tiene la fuerza de obtener el perdón y de procurar la reparación.
La fuerza de esta consagración dura para todos los tiempos y abraza a todos los hombres, los pueblos y las naciones, y supera todo mal que el espíritu de las tinieblas es capaz de provocar en el corazón del hombre y en su historia y que, de hecho, ha provocado en nuestros tiempos.
Oh ¡Cuán profundamente sentimos la necesidad de consagración para la humanidad y para el mundo: para nuestro mundo contemporáneo, en unión con Cristo mismo! La Obra redentora de Cristo, en efecto, debe ser participada por el mundo por medio de la Iglesia.
¡Seas bendita, sobre toda criatura Tú, Sierva del Señor, que del modo más pleno obedeciste a la divina llamada!.
¡Seas saludada Tú que estás enteramente unida a la Consagración Redentora de Tu Hijo!
¡Madre de la Iglesia!  ¡Ilumina al Pueblo de Dios por el camino de la fe, de la esperanza y de la caridad!
Ilumina especialmente aquellos pueblos de los que Tú misma esperas nuestra consagración y nuestra entrega. Ayúdanos a vivir en la verdad de la consagración de Cristo toda la familia humana del mundo contemporáneo.
Confiando a Ti, oh Madre, el mundo, todos los hombres y todos los pueblos, Te confiamos, también la misma consagración del mundo, poniéndola en Tu Corazón Materno.
¡Oh Corazón Inmaculado! ¡Ayúdanos a vencer la amenaza del mal, que tan fácilmente se arraiga en el corazón de los hombres de hoy y que en sus efectos inconmensurables ya grava sobre la vida presente y parece cerrar los caminos hacia el futuro!.
Del hambre y de la guerra ¡líbranos!.
De la guerra nuclear, de una autodestrucción incalculable, de toda guerra, ¡líbranos!
De los pecados contra la vida del hombre desde sus albores, ¡líbranos!.
Del odio y del envilecimiento de la dignidad de los hijos de Dios ¡líbranos!.
De toda clase de injusticias en la vida social, nacional e internacional ¡líbranos!.
De la facilidad de despreciar a los mandamientos de Dios, ¡líbranos!.
De la tentativa de ofuscar en los corazones humanos la verdad misma de Dios, ¡líbranos!
De la pérdida de la conciencia del Bien y del mal, ¡líbranos!.
De los pecados contra el Espíritu Santo, ¡líbranos! ¡líbranos!.
¡Acoge, oh Madre de Cristo, este grito cargado con los sufrimientos de todos los hombres! ¡Cargado con el grito de sociedades enteras!.
Ayúdanos con el poder del Espíritu Santo a vencer todo pecado: el pecado del hombre y el pecado del mundo, el pecado en todas sus manifestaciones.
¡Que se revele, aún por esta vez, en la historia del mundo el infinito poder salvífico de la Redención: poder del Amor Misericordioso! ¡Que Él detenga el mal! ¡Transforme las conciencias! ¡Que en Tu Corazón Inmaculado se manifieste a todos la luz de la Esperanza! Amén.

HOY CELEBRAMOS SU FESTIVIDAD

EL DIVINO CORAZÓN DE JESÚS ES UN TESORO INMENSO QUE NOS PERTENECE


San Juan Eudes
"Los Sagrados Corazones de Jesús y de María"




Luego de considerar al Corazón adorable de nuestro Salvador como hoguera de amor por nosotros, veamos ahora que es tesoro inmenso de riquezas infinitas, que nos pertenece y cómo debemos servirnos de Él.

El divino Corazón de Jesús es un tesoro que encierra las riquezas todas del cielo y de la tierra, de la naturaleza y de la gracia, de la gloria, de los ángeles y santos, de la santa Virgen, de  la divinidad, de la Santa Trinidad, de todas las divinas perfecciones. Porque si San Juan Crisóstomo dice que la sagrada Virgen es abismo de las inmensas perfecciones de la divinidad (In Hor. ani.), ¿con cuánta mayor razón lo será el Corazón adorable de Jesús?

Además ese Corazón es precioso tesoro que contiene todos los méritos de la vida del Salvador, los frutos de sus divinos misterios, todas las gracias que nos adquirió con sus trabajos y sufrimientos, todas las virtudes que practicó en grado infinitamente elevado, todos los dones del Espíritu Santo de los que fue colmado: Descansará sobre Él el Espíritu del Señor, espíritu de sabiduría y de entendimiento, etc. (Isaías 11, 2). En una palabra, cuanto hay de grande, rico y admirable en el ser creado e increado, en el Creador y en las criaturas, está encerrado en ese tesoro incomparable.

Ahora bien, ¿para quién será tan maravilloso tesoro? Para nosotros todos y para cada uno de nosotros, pues de nosotros depende entrar en posesión de él. ¿Por qué título ese tesoro nos pertenece? Por el título y derecho de donación. ¿Quién nos lo ha dado? El Padre de Jesús nos lo ha concedido al entregarnos su Hijo. Y nos lo da continuamente porque los dones de Dios son irrevocables (Rom. 11, 29). El Hijo de dios nos lo ha conferido también infinitas veces al darse a nosotros y nos lo da continuamente en la Eucaristía. El Espíritu Santo nos lo entrega también incesantemente. La Santa Virgen nos lo da continuamente porque ella no tiene sino un Corazón y Voluntad con su Hijo, quiere lo que Él quiere, y junto con Él nos otorga cuanto Él nos da.

LA PRESENCIA DE DIOS EN NUESTRAS ALMAS





(Hojitas de Fe N° 35) 

Uno de los ejercicios más provechosos para la vida espiritual, afirma el Padre Alonso Rodríguez, es el de la presencia de Dios, según enseñanza y recomendación, tanto de la Sagrada Escritura como de los Santos. Tratemos, pues, de esta práctica, viendo en esta presente Hojita de Fe cuál es su fundamento y su naturaleza, y dejando para una próxima Hojita de Fe los modos de practicarla y los frutos que se sacan de ella.

1º Fundamentos de la presencia de Dios.

Andar en presencia de Dios es, para el cristiano, aprender a ver a Dios donde El está de hecho, acostumbrarse a encontrarlo donde El se halla. Y ¿dónde está, dónde mora? En todas partes, pero especialmente en las almas en estado de gracia.
Tenemos ahí dos grandes modos de estar Dios en nosotros, y por lo tanto un doble campo en que ejercitar la presencia de Dios.
La Sagrada Escritura nos enseña que Dios, como Creador, Señor y Providencia, está presente en todas las cosas con una presencia general llamada de inmensidad, dando a todo ser, según la expresión de San Pablo, «la existencia, el movimiento y la vida» (Act. 17 25 y 28). Santo Tomás explica que esta presencia de Dios en todas las cosas se realiza por un triple título: • por esencia, en cuanto que Dios está dando incesantemente el ser a todo cuanto existe; • por presencia, en cuanto que Dios tiene continuamente ante sus ojos a todos los seres creados;
por potencia, en cuanto que todas las criaturas están sometidas a su poder.
Sin esta presencia de Dios en las cosas, las cosas simplemente no existirían, ya que dejarían de recibir el ser de Dios, un ser que no tienen por sí mismas.
Así pues, Dios, habiéndonos creado para Sí mismo, se ofrece a nosotros bajo el velo de las cosas creadas. De este modo, hemos de aprender a ver a Dios en todas partes, y verlo también en todo, es decir:
En las personas que nos rodean: a Dios hemos de obedecer en la persona de nuestros Superiores; a Dios hemos de reconocer, amar y servir en la persona del prójimo, sea quien sea.
En las cosas que nos sirven: en los bienes, tanto de orden natural como de orden sobrenatural, debemos ver los dones de Dios, por los cuales Dios mismo nos sirve y nos ayuda a alcanzar nuestro destino eterno; por el uso sobrenatural del don debemos entrar en comunión con el Donador mismo.
En los acontecimientos que nos afectan: más allá de las causas inmediatas o segundas, debemos ver siempre la causa primera, Dios, que ordena todas las cosas al bien de los que le aman y que sólo le buscan a El.
La Sagrada Escritura también nos habla en muchos lugares de otra presencia especial, más perfecta e íntima, de Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo– en el alma justa, donde tiene sus infinitas complacencias: «Si alguno me ama, mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos en él nuestra morada» (Jn. 14 23); «Dios es caridad, y el que vive en caridad permanece en Dios, y Dios en él» (1 Jn. 4 16); «vosotros sois templo de Dios vivo» (2 Cor. 6 6). San Pablo atribuye muy especialmente al Espíritu Santo esta presencia: «¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?»; «¿no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros?» (1 Cor. 6 16 y 19).

2º Presencia de complacencia de Dios en el alma justa.

Por lo tanto, Dios está presente en el hombre en estado de gracia, no sólo como está en las cosas, sino también en cuanto conocido y amado sobrenaturalmente por él, esto es, por su presencia real y sustancial en el entendimiento y en el corazón del justo. En efecto, la vida divina consiste en el conocimiento y amor que Dios tiene de sí mismo; por eso, desde que el hombre, por la gracia, participa del conocimiento y amor de Dios, conociéndolo como El mismo se conoce, y amándole como El mismo se ama, participa también de su vida divina; y eso hace que Dios empiece a estar presente en él de un modo nuevo y especialísimo, a título de Amigo, Padre y Esposo, imperfectamente en esta vida, mas perfectísimamente en la bienaventuranza eterna de la gloria.
«Desde que se nos infundió la gracia por medio del Bautismo, el Espíritu Santo mora en nosotros con el Padre y el Hijo: “Si alguno me ama –dice Nuestro Señor–, mi Padre lo amará, y vendremos a El, y haremos en El nuestra morada” (Jn. 15 23). La gracia hace de nuestra alma el templo de la Santísima Trinidad; nuestra alma, adornada con la gracia, es realmente la morada de Dios, que habita en nosotros, no sólo como en todas las cosas por su esencia y potencia, con las que sostiene y conserva todas las criaturas en el ser, sino de un modo muy particular e íntimo, como objeto de conocimiento y de amor sobrenaturales. Mas como la gracia nos une a Dios de tal modo que es a la vez el principio y la medida de la caridad, se dice que es sobre todo el Espíritu Santo el que mora en nosotros…, porque procede por amor y es el lazo de unión entre el Padre y el Hijo… Y por esto mismo esta morada sólo se da en los justos, porque sólo los que están en gracia participan del amor sobrenatural. De ahí que San Pablo dijera a los fieles: “¿No sabéis que sois templo del Espíritu Santo, que habéis recibido de Dios y está en vosotros?” (1 Cor. 6 19(DOM COLUMBA MARMION).
Este nuevo modo de estar Dios en el alma del justo es de un orden tan superior al de su inmensidad, que Jesús lo llama corrientemente una «venida», un «advenimiento» de Dios en el alma (Jn. 14 23), como si por su inmensidad Dios no estuviese ya presente en ella. Esta inefable presencia recibe el nombre de inhabitación trinitaria.

3º Acción santificante de Dios en el alma justa.

Esta inhabitación de Dios en el alma no se limita a una permanencia local, sino que supone necesariamente una transformación del alma, una unión santificante.
¿Cuáles son exactamente los efectos de esta acción santificadora? Podemos resumirlos a los siguientes:
El perdón de los pecados. El primer fruto de la venida del Espíritu Santo en un alma donde no residía todavía, es un pleno y generoso perdón de los pecados.
Al perder la gracia, el pecador lo pierde todo: la amistad divina, el derecho a la herencia eterna del cielo, los méritos precedentemente adquiridos, y sobre todo la posesión de Dios y la permanencia en él de la Santísima Trinidad. Pero Dios le tiende siempre una mano misericordiosa para moverlo al arrepentimiento; y si el alma es dócil en seguir esta invitación, y vuelve a Dios por una sincera y dolorosa detestación de su pecado, Dios le envía de nuevo su Espíritu, que le perdona todas sus ofensas y la deuda contraída con la justicia divina.
La justificación y deificación del alma por la gracia. No contento con purificar al alma de sus faltas, el Espíritu Santo se apresura a revestirla de una túnica de inocencia, y a concederle el don preciosísimo de su gracia: «La caridad de Dios [estado de gracia] ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom. 5 5).
Por medio de la gracia, el Espíritu Santo, presente en el alma, se une tan íntimamente a ella y se comunica a ella de manera tan inefable, que la hace partícipe de su naturaleza divina, le confiere la misma justicia y santidad divinas, y la hace resplandeciente de la belleza y perfecciones de Dios: «Habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios» (1 Cor. 6 11), convirtiéndola así en objeto de las divinas complacencias.
El ornato del alma mediante las virtudes infusas. Así como el alma es distinta de la inteligencia y de la voluntad, pero inseparable de ellas, del mismo modo la gracia, que nos da un ser sobrenatural, es distinta pero inseparable de las virtudes infusas, que son facultades sobrenaturales de acción. Por eso, constituyen el cortejo necesario de la gracia, y juntamente con ella las infunde el Espíritu Santo en el alma.
De este modo nuestras facultades quedan dotadas de las virtudes teologales, que tienen a Dios por objeto (fe, esperanza y caridad), y de las virtudes morales, que recaen sobre el recto uso de los medios en orden a la salvación del alma (prudencia, justicia, fortaleza y templanza, con todas sus virtudes subalternas). Tal es el adorno magnífico con que el Espíritu Santo engalana al alma justificada, para que siempre y en todo lugar pueda obrar y comportarse en conformidad con la dignidad sobrenatural que le confiere la gracia.
La infusión de los dones del Espíritu Santo. La obra capital de nuestra santificación no quedaría consumada si no fuese dirigida y perfeccionada por las inspiraciones del Espíritu Santo. Pues bien, para que estas inspiraciones sean bien recibidas por nosotros, el mismo Espíritu Santo infunde en nuestras almas ciertas disposiciones que nos hacen dóciles a ellas: son los dones del Espíritu Santo.
En efecto, las mismas virtudes sobrenaturales no bastan para llevar el alma a la perfección de la vida cristiana, ya que la razón sigue estando sometida a error y la voluntad a desfallecimientos. Pero por los dones, el alma se hace capaz de ser movida y dirigida por el Espíritu Santo en persona, dando a los actos de las virtudes infusas una perfección divina, y comunicando al alma un instinto divino de las cosas sobrenaturales, un tacto sobrenatural que la hace pensar y obrar con facilidad y prontitud como hija de Dios.
La posesión y goce de las divinas Personas. Finalmente, el Espíritu Santo, por su presencia y acción santificantes, además de hacer partícipe al alma de la vida divina, le otorga también la plena posesión de Dios y el goce fruitivo de las divinas Personas.
Por su inmensidad, Dios está presente en todas las cosas, aun en los condenados del infierno; pero éstos no poseen a Dios, pues ese tesoro infinito no les pertenece en absoluto. Mientras que el cristiano en estado de gracia tiene en sí a la Trinidad Santísima, al Espíritu Santo, y con El la abundancia de las gracias celestiales, como un tesoro que le pertenece en propiedad, y del cual puede usar y gozar.
Conclusión.
No puede haber para el cristiano una verdad más magnífica y consoladora que la de la presencia de Dios en su alma. Santa Teresa, en su libro de las Moradas, cuenta la visión que tuvo de un alma en estado de gracia, y la describe como un globo de cristal o un diamante purísimo, todo refulgente de los resplandores de un fuego divino, que es Dios mismo, el cual reside en su centro. ¡Ah, si el alma viviera convencida de esta presencia divina! Eso solo bastaría para llevarla a las cumbres de la santidad, según el dicho de Dios a Abraham: «Camina
en mi presencia y sé perfecto» (Gen. 17 1).
Dígnese, pues, la Santísima Virgen grabar profundamente en nosotros esta convicción, para que siempre y en todas partes nos comportemos como los templos vivos de Dios que somos.

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