15/2/18

OCHO MEDITACIONES SOBRE EL INMACULADO CORAZÓN DE LA MADRE

"QUIEN SE PIERDE EN EL CORAZÓN DE MARÍA, SE ENCUENTRA EN EL CORAZÓN DE JESÚS"

(De "Meditaciones sobre la Santísima Virgen María", de Ildefonso Rodríguez Villar")



MED I T A C IÓN 6 5
EL CORAZÓN DE L A S A N T Í S I M A V I R GEN

1.° Objeto doble. — No hay duda que el objeto de esta devoción, del
Corazón purísimo de la Santísima Virgen, puede considerarse de dos
maneras: su objeto material... y su objeto formal..., de suerte, que así
como el hombre consta de dos elementos, uno material y visible, que
es su cuerpo, y otro espiritual e invisible que es su alma... y así como
sólo de la unión de estos dos elementos resulta el hombre total y
completo..., del mismo modo, en esta hermosísima devoción, si no
distinguimos y conocemos bien, para luego juntarlos y no separarlos
nunca, los dos elementos que la forman, no llegaremos jamás a
penetrar en lo que es y vale, esta devoción al Corazón Inmaculado de
la Virgen.
Pues bien, estos dos elementos son: el primero, material, que es el
mismo corazón físico..., real..., palpitante..., de la Santísima Virgen..., un
corazón de carne..., un corazón humano..., un corazón en todo semejante
al de los demás hombres...
Y el otro elemento, el formal..., el invisible e inmaterial y que consiste
en el amor..., en la caridad de la Virgen, encerrada... y simbolizada en
345
ese purísimo Corazón. — Si separamos estos dos elementos, destruimos
esta devoción... o tendremos una devoción parcial e incompleta del
Corazón de María.
Por tanto, siempre que hablemos..., pensemos..., meditemos... o
tengamos alguna devoción a este purísimo Corazón, entendamos que lo
hacemos para honrar el amor de la Virgen..., pero encerrado en su
corazón, como en un vaso precioso... Su amor es la joya, pero su
corazón es el cofre que lo encierra...
2.° Objeto material. — Y ahora piensa...: a tal joya, tal cofre...; a tal
perla, tal concha... ¿Cuál y cómo sería el Corazón de la Santísima
Virgen? — Ya hemos meditado y considerado, la hermosura física de
María...; ya hemos dicho que Dios debió hacerla, aun en su cuerpo, la
más hermosa de todas las criaturas..., pues iba a ser la Madre del
«más hermoso de todos los hijos de los hombres»... Pero, ¿no te
parece que aún debió serlo más en su corazón?... ¿no te imaginas
fácilmente esa belleza y hermosura como condensada en aquel
Corazón Inmaculado?... Y, por tanto, ¿no te parece que si todo el
purísimo cuerpo de la Virgen es digno de devoción, mucho más aún,
debe serlo su Corazón?...
Los cuerpos de los santos..., sus reliquias..., especialmente en algunos,
como en Santa Teresa de Jesús, su corazón..., ¡qué apreciados son de
las almas devotas!... Y ¿qué comparación puede haber entre esas santas
reliquias..., entre la veneración que se merece el corazón de los santos y
el de la Santísima Virgen?... — Tanto más, cuanto que todo acto de culto
que tributes a este Corazón de María, es un acto que redunda en toda la
persona de la Virgen.
Besas la mano de un superior..., el pie al Padre Santo... y sabes que no
es a su pie tan sólo, sino a toda su persona a la que quieres con este
acto demostrar respecto..., afecto y amor..., pues así piensa, que al
honrar al Corazón material de María, es a toda la grandeza de su
persona... a todas sus virtudes..., a toda su pureza y santidad, a la que
quieres venerar y honrar.
3.° Objeto formal. — Y esto ya es el objeto formal...; esas
virtudes..., esa santidad..., ese amor sobre todo que brota y se
asienta en ese Corazón nobilísimo. — Deja a un lado esas
disquisiciones sobre si efectivamente el corazón material del hombre
influye o no en su amor...; no nos interesa eso. — Lo que sí es
verdad, es que todos los afectos repercuten en el corazón humano y
le impresionan...; la tristeza..., la alegría..., el miedo..., la cólera...,
etc., todo se registra en el corazón y aceleran o retardan... y a veces
hasta paran en seco sus movimientos... Evidentemente, que entre la
vida física del corazón y la afectiva del alma, hay una unión muy
íntima.
Quizá por eso, todo el mundo ve en el corazón la causa.., la razón..., la
346
sede..., al menos el símbolo del amor. — Y en este sentido vulgar y corriente,
hemos de tomarlo nosotros también.
Mira, pues, si en todo hombre lo que más nos interesa es su corazón... y
por tanto su amor... ¿cuánto más debe interesarnos el amor del Corazón de
la Virgen?... — E1 hombre, todo lo que es, lo es por su corazón...; toda su
ciencia..., toda su habilidad y astucia..., todo su ingenio, ¡qué poco valen si se
encuentran en una persona de la que se puede decir que «no tiene
corazón»... ¿Puede haber nada más antipático?
Al contrario, piensa en el gusto..., la simpatía... y el afecto que inspira la
persona de corazón grande..., noble..., digno... — Todo está dicho y
explicado con eso..., con decir que tiene corazonadas. — Pues ahora, mira a
tu Madre...; no olvides que es la Madre de Dios también... ¿Qué corazón
habrá puesto en Ella?... ¿Qué corazón la hubieras dado tú, si de ti hubiera
dependido?... De ti ciertamente que no dependió, pero sí de Dios, el que la
Madre de su Hijo..., la Madre de los hombres tuviera éste o aquél corazón. —
Si Él se lo dio, ¿cómo sería?... y ¿cómo amaría este Corazón? — Si tenía
que amar a Dios y a los hombres con un amor sólo inferior al de Dios...,
¿cómo sería el corazón que encerrara este amor?...
4.° Devoción dulcísima. — Y puesto ya en este punto, comprende
cuán dulce es a tu corazón seguir por ese camino..., penetrar en su
Corazón..., estudiar sus movimientos..., conocer sus latidos..., darte
cuenta de su amor... — Sólo cuando entres de lleno en él, podrás
comenzar a conocer a tu Madre. — A la Virgen hay que entenderla...,
hay que conocerla en su Corazón...; cuanto más estudiemos su amor,
más conoceremos a María. — ¡Qué dulce es este pensamiento!...
¡Qué dulcísima esta devoción!... El mismo Dios así conoce también a
la Virgen..., así la aprecia y estima..., por el amor de su Corazón.
Y no sólo a Ella, sino a todos los hombres. — Los hombres nos conocemos
mirándonos a la cara... y por eso tantas veces nos engañamos... ¡Somos
todos tan hipócritas!... ¡Qué maña nos damos para poner una cara y sentir
otra cosa en nuestro interior... — Pero, ¡ah!, a Dios no se le engaña... Dios no
se fía de apariencias..., no se fija en exterioridades..., no nos mira a la cara...,
sino que penetra hasta lo más íntimo del corazón... y allí lee lo que somos...,
al leer los afectos y cariños de nuestro corazón.
Mira a Dios, penetrando con esa mirada en el Corazón de María...;
¿qué verá allí?... ¿qué complacencia..., qué gusto..., qué satisfacción no
encontrará en esa mirada?... — Y cuando mire a tu corazón, ¿qué
sentirá?... ¿gusto?... ¿tedio?... ¿repugnancia y asco?
Pide al Señor un poco de esta luz, con la que Él penetra en tu interior...
y con esa luz divina trata de mirar al Corazón de tu Madre... y después a
tu propio corazón... y al ver la diferencia, avergüénzate..., pídela gracia
para imitarla en algo..., para parecerte en algo a Ella... para tener un
corazón en todo semejante al suyo.
347

MED I T A C IÓN 6 6
EL CORAZÓN DE L A S A N T Í S I M A V I R GEN

1.° Excelencia de esta devoción. — Penetremos más en particular
en los motivos que deben movernos a tener esta devoción tierna y
encendida al Purísimo Corazón de la Santísima Virgen... y sea el
primero lo excelente que es en sí misma esta devoción preciosa. —
En cuanto a su objeto material..., ¡el Corazón mismo de la Virgen!...,
salta a la vista cuán digno es de Ella...; es el instrumento del que se
valió el Espíritu Santo principalmente para la obra de la
Encarnación... De aquel Purísimo e Inmaculado Corazón, brotó la
sangre preciosísima de la que se formó el cuerpo sacrosanto y hasta
¡el mismo Corazón Sacratísimo de Cristo!... De allí tomó el Señor
aquella sangre que había de ofrecer en la cruz por la salvación de la
humanidad.
Era aquel Corazón el centro y el foco de la vida de la Santísima
Virgen...; todos sus latidos y pulsaciones..., todos sus más mínimos
movimientos, participaron de los méritos incalculables que, en cada
instante de su vida, mereció María.
Recorre los pasos principales de esta vida y contempla a la vez al
Corazón de la Virgen acusando todas sus impresiones... ¡Cómo se
estremecería en la Anunciación cuando lanzó la sangre a colorear
aquellas mejillas que se turbaron ante la presencia del Ángel y al
escuchar sus palabras!... ¡Qué emoción en la Nochebuena, cuando
contempló el rostro de Jesús por primera vez!... ¡Qué encogimiento y
ahogo en los sobresaltos de la huída a Egipto!...
Y cuando el anciano Simeón la clavó aquella espada de dolor, ¡qué
latidos tan apresurados no daría aquel corazón!... Y ¡cómo aún hubieron
de acrecentarse estos latidos en la pérdida del Niño... y sobre todo en la
Pasión y muerte de su Hijo!...
Es claro que no podemos concebir ningún misterio de la vida de la
Virgen, sin que a la vez veamos cómo repercuten y cómo corresponden
en este corazón nuevos latidos..., nuevos movimientos... ¡Ah! y ¡cuántas
veces se hubiera parado y hubiera dejado de sostener a aquella
preciosísima vida contraído y apretado por la fuerza de la alegría unas
veces... o por la violencia del dolor otras... si Dios no la hubiera sostenido
y a veces hasta llegando a echar mano milagrosamente de su
omnipotencia para conservar una vida que, naturalmente, no se podía
sostener!... ¿No te parece que todo esto es más que suficiente para
hacer amable y excelente a esta devoción?...
Y, sin embargo, sube de punto este razonamiento, si contemplas al
Corazón de la Virgen, como al órgano sensible de su amor..., como al
instrumento que recibía todas las impresiones de su cuerpo y de su alma
para convertirlas en amor..., para encenderse y abrasarse más y más en
348
el fuego del amor. — Esto sí que es difícil que lo puedas conocer...,
mejor será sentirlo... — Penetra en aquel abrasado Corazón y suplica a
la Virgen te encienda en él y abrase también el tuyo..., que tu corazón
participe, algo al menos, de aquel amor en que el Purísimo Corazón de
María rebosa...
2.° La voluntad de Dios. — No hay una expresión explícita de esta
voluntad de Dios que nos mande o nos invite a honrar al Corazón de
la Virgen... De todos modos, es evidente que Dios así lo quiere y
ardientemente lo desea... ¿No sabemos que su voluntad es de que
vayamos a El por medio de María?... ¿No es, por otra parte, cierto,
que nos invita a entrar y a fijar nuestra morada en su divino
Corazón?... Y ¿cómo hemos de ir a ese Corazón?... ¿Quién nos
abrirá la puerta y nos introducirá en él sino la Santísima Virgen?...
La devoción al Corazón Inmaculado de María, es el mejor camino..., la
mejor preparación para llegar a practicar la devoción al Corazón de
Jesús. — Pues bien, la voluntad de Dios de que honremos a su divino
Corazón, es clara..., terminante...; luego también es clara, aunque
implícitamente contenida en aquélla, la voluntad divina de que honremos
al Corazón Inmaculado de su Madre. — «He aquí este Corazón que tanto
ha amado a los hombres»..., dice Jesús, para lanzarnos a su amor...
Idénticas palabras podemos decir de la Virgen. Después del de Jesús,
ningún Corazón nos ha amado como el de María..., ningún corazón nos
ha enseñado a amar a Jesús como el de la Virgen..., ningún corazón
puede servirnos de modelo como el suyo.
En esa queja amorosísima del Corazón de Jesús, en la que manifiesta
lo que le hace sufrir el desamor y la ingratitud de los hombres..., en esa
queja, repito, entramos todos sin excepción. — Al pronunciar esas
palabras el Corazón de Jesús pensaba en todos nosotros..., a todos nos
las aplicaba..., a la conducta de todos se refería... ¿no es verdad?... ¿no
te dice tu corazón que, efectivamente, así es por lo que respecta a ti?...
Pero mira, el Corazón de María no es así..., es el único en el que no
pensaba Jesús al lanzar esa queja de amor... Jesús no tiene ninguna
queja del Corazón de su Madre... ¡Qué gusto!... ¡Qué satisfacción para
nosotros mirar..., estudiar..., aprender ese modelo, para aprender con
ese Corazón y por su medio, a amar al Corazón de Cristo!... ¿No ha de
querer Dios esto..., no nos lo ha mandado?... ¿Pero es que hacía falta
mandar una cosa como ésta?...
Tu corazón debe encerrarse en el de Jesús...; luego debes encerrarle
antes en el de tu Madre. La devoción, por tanto, al Corazón de Jesús, te
exige una devoción tierna al Corazón de la Santísima Virgen... Esta es la
voluntad de Dios.
Pero hay más, y es que esta voluntad del Señor se ha manifestado
especialmente y precisamente en estos tiempos actuales...; la vida de
estos tiempos se caracteriza por el egoísmo...; el corazón humano ha ido
349
cada vez más reconcentrándose en sí mismo..., buscándose a sí
mismo..., olvidándose de Dios y del prójimo... ¿Quién se sacrifica hoy día
por amor de Dios y de las almas?... ¿Qué ideales persigue el mundo
moderno?... Aun las almas que practican la vida de devoción y que se
creen quizá muy buenas y muy santas, ¿qué amor de caridad tienen?...
¿No las ves cómo buscan su provecho..., su utilidad..., en fin, su egoísmo
en todo?... ¡Qué asco!... ¡Qué repugnancia tiene que causar esto al
Corazón sacratísimo de Jesús!
Él busca el corazón del hombre..., le pide su corazón y su amor y... no
encuentra más que egoísmos por doquier. — Por eso ha esperado a
estos tiempos... para curar al mundo de esta falta de amor...; por eso
rasga su pecho..., le muestra su Corazón... y le invita al amor con el
ejemplo de ese mismo Corazón.
La devoción al Corazón de Jesús, es la solución..., el remedio que Dios
tenía reservado para curar las enfermedades actuales del corazón
humano. Pues bien, convéncete: la devoción al Corazón de María, es de
una actualidad urgente..., es de una necesidad perentoria...; no podemos
ni debemos desperdiciar estos momentos..., ni desperdiciar este
llamamiento que al corazón del hombre hace el Señor, por medio de su
Corazón y el de su Santísima Madre...
3.° Hasta el egoísmo. — Bien entendido, el egoísmo es una
excelente virtud... ¿No decimos que la caridad bien ordenada debe
empezar por uno mismo?... ¿No es cierto que en el terreno de la salvación
y santificación, hemos de mirar antes por nuestra propia alma
que por las de los demás?
Pues eso es egoísmo..., pero egoísmo santo..., egoísmo, además,
completamente necesario... — Y ese egoísmo santo debe moverte a esta
devoción preciosa de los Corazones de Jesús y María. — Porque al fin,
el fruto de ella, ¿para quién será?... Y ¡qué frutos!
Recuerda las palabras del Corazón de Jesús a Santa Margarita: «Te
prometo, le dice, que mi Corazón se ensanchará para repartir abundantemente
las riquezas de su divino amor entre aquellos que le honran y
procuran que le honren los demás»... Y piensa que esos tesoros y
riquezas, son infinitos..., y que, como añadía la misma Santa..., «son tan
grandes, que no sé cómo ponderarlos».
Claro es, que el mayor premio es el amor mismo..., que el Corazón de
Jesús te admita a amarle... y te dé entrada en Él, es lo que más puedes
apetecer... ¡Qué mayor premio que amarle y saber que le amas! — Y; no
obstante, rodea a este amor de tales promesas, que efectivamente, hasta
por negocio..., hasta por egoísmo debías lanzarte a El... ¿Por qué no te
has lanzado ya?... ¿Quién tendrá empeño y trabajará para que no te
lances?... ¿No será el demonio tu enemigo que tiene puesto todo su
interés en ello?...
Examina bien las causas de esa tu apatía y cobardía en asunto tan
350
importante... y mira si no será quizá, porque no has sabido ir antes al
Corazón de la Santísima Virgen. — Recuerda que todo eso que promete
el Corazón de Jesús, te lo dará por medio del Corazón de su Madre...
Vete, pues, a Ella..., enciérrate en su Corazón..., lánzate y piérdete allí...,
que quien se pierde en el Corazón de María, se encuentra en el Corazón
Sacratísimo de Jesús.

MED I T A C IÓN 6 7
EL CORAZÓN DE L A S A N T Í S I M A V I R GEN

1.° Fuentes de gracias actuales. — Penetremos, pues, un poco más
en el interés santo que debe movernos a practicar esta devoción al
Sagrado Corazón de Jesús por medio del Inmaculado de María. —
Para eso, recuerda las grandes promesas que el Corazón de Jesús
tiene hechas a sus devotos... ¡Cuán dignas son de que las conozcas
y medites muy despacio! — Reduzcámoslas a tres grupos: a las
gracias actuales..., a la gracia santificante... y a la gracia final o la
que ha de merecernos la posesión de Dios en el Cielo.
Todas las almas, aún las más santas, necesitan de esos auxilios
divinos, llamados gracias actuales, sin las que no es posible practicar
acto alguno sobrenatural y meritorio. — Estas gracias son, sin duda, un
regalo cariñosísimo de la bondad divina..., pues sin merecerlas el
hombre, Dios se las da abundantemente y generosamente.
La fuente de donde brotan, es el mismo Corazón Divino de Jesús, que
de este modo nos manifiesta, sin cesar, el amor que nos tiene... y el
canal por donde descienden, es siempre la Santísima Virgen, en cuyo
purísimo Corazón se encuentran todas esas gracias, como represadas y
depositadas..., para luego repartirlas entre las almas. — ¿Comprendes
bien a dónde has de ir a buscar estas gracias?... No al trono de la
justicia, pues de justicia nada se te debe..., sino al trono de la bondad y
misericordia del Corazón mismo de Dios; pero... ese trono, ¿cuál es?...
¿dónde está?... ¿dónde encontrarlo fácilmente?... Es evidente, que en el
Corazón Inmaculado de tu Madre querida.
Todo, pues, depende de ti..., el que sepas y quieras ir a esa fuente..., a
ese depósito, a buscar esas gracias que necesitas... y que Dios está
deseando darte... y te las da en miles de ocasiones aún sin tú pedírselas.
Pero mira, medita bien en este punto. — Dios siempre te concede
suficientísimas gracias actuales conforme a tu estado y condición..., de
suerte que por parte suya, nunca queda el que tú te salves o te
condenes..., te santifiques o te endurezcas en el pecado...; esto depende
únicamente de ti..., porque tú, con tu conducta..., con tus correspondencias
a esas gracias, puedes hacer que sean o eficaces o ineficaces...
y aún totalmente inútiles. Nunca olvides que esto sólo depende de ti...
sólo a ti se te imputarán algún día tus caídas y pecados...; sólo a ti se te
pedirá cuenta estrechísima del uso o del abuso..., del aprecio o desprecio
351
que hiciste de tales gracias... ¿Quién no querrá, pues, convertir en
eficaces y aprovechables las gracias que Dios le concede?..,
He aquí el interés principal de esta magnífica devoción... — La
devoción al Corazón de Jesús por medio del Corazón de María te
facilita... y en cierto modo te asegura esto...: si tu alma sabe encerrarse
en esos Corazones de Jesús y de María..., no hay duda que sabrá
aprovecharse de las gracias riquísimas que se la concederán..., no
porque se la quite el uso de su libertad, sino porque el Corazón de Jesús
multiplicará sus gracias y la dará precisamente aquellas a las cuales, Él
sabe que mejor el alma ha de corresponder.
¿No es esto lo que salta a la vista al leer las promesas del divino
Corazón?... ¿No te has fijado en la multitud y variedad de gracias que allí
se prometen, como si así quisiera el Corazón de Jesús asegurar su
eficacia?
Recuerda las promesas que hace para los pecadores..., aún los más
endurecidos..., para las almas tibias y frías..., para las fervorosas que
aspiran a la santidad..., para los seglares..., para las Comunidades
religiosas..., para los individuos y familias y naciones..., para los
sacerdotes y apóstoles...; a todos promete, no ya sólo una lluvia
abundantísima de gracias, si no lo que es más importante, la eficacia de
las mismas.
Él hará que para sus devotos, esas gracias no sean inútiles y vacías...
¡Oh! ¿Puedes pensar nada más importante..., nada que tanto interese a
tu alma como esto?... ¿Cómo no lanzarte hasta por ese interés a tener
esta verdadera y sólida devoción?... — Suplica al Corazón de la Virgen
que así te la enseñe..., que allí aprendas a conocer y a amar al Divino
Corazón de Jesús.
2.° La gracia santificante. — Es como una consecuencia del punto
anterior. — A esas gracias actuales convertidas en eficaces por esta
devoción, ha de corresponder necesariamente en las almas, un
aumento grande de su vida espiritual, que es lo que se llama la gracia
habitual..., la gracia permanente..., la gracia santificante.
Ya hemos visto, en otras meditaciones, algo sobre ella..., pero nunca
habrá sido demasiado. — Por eso recuerda lo ya dicho, que esta gracia
es ciertamente la vida del alma..., que sin duda es un rico tesoro..., más
aún, es tu capital..., es tu fortuna personal..., la única que posees..., la
única que te valdrá y te acompañará algún día ante el tribunal de Dios.
Él te concedió la primera gracia en el santo Bautismo..., fue como el
capital inicial que puso en tu alma, para que lo aumentaras con tus
buenas obras... y singularmente con la recepción amorosa de los Santos
Sacramentos... ¿Y qué has hecho tú?... ¿Cómo está ese capital en tu
corazón?... ¿perdido?... ¿parado?... ¿o está produciendo el interés
debido que le aumenta sin cesar?
352
Dichosa de tu alma si es así... Desgraciada de ella si es al contrario. —
La devoción al Corazón de Jesús y al de María, asegura esta vida..., este
crecimiento del alma... — La práctica fundamental de esta devoción, es el
amor..., es un puro ejercicio de amor de Dios... y el amor de Dios es el
que lleva... y conserva... y aumenta la gracia en el alma.
Decía Santa Catalina: «Que si una gota de amor de Dios pudiera caer
en el infierno, le convertiría en Cielo... y a todos los demonios los
transformaría otra vez en ángeles... — Pues ¿qué no hará en un alma la
práctica del amor en la que consiste esta devoción? — ¿Qué extraño
será que se cumplan en ella sus promesas dulcísimas que así lo
aseguran? — A un asfixiado, se le devuelve la vida restableciendo el
movimiento de su aparato respiratorio...; a un enfermo cardíaco se le
inyecta una sustancia que acelere e impulse a aquel corazón que se
para...; eso hace esta dulcísima devoción...: te inyecta amor de Dios..., te
devuelve la vida del alma... o te la aumenta y te la acelera e impulsa, al
restablecer en ella el ejercicio del amor de Dios. — Por eso, los
pecadores encontrarán aquí, ciertamente, el perdón...; los justos, su
santificación...
3.° La gracia final. — Y éste es el broche de oro de las gracias y
promesas del Divino Corazón. ¡La perseverancia o la gracia final!...
¡La gracia de la buena muerte!... ¿A quién no preocupa este
problema?... ¿Quién puede mirar con tranquilidad y serenidad el paso
de la eternidad, dada su incertidumbre?... ¿Cuándo y cómo lo
daremos?... Y ¿qué diferencia el darlo de un modo o de otro?... Esa
eternidad que le sigue, ¿a quién no espanta?... ¡Siempre feliz o
siempre desgraciado!... Es, en verdad, alternativa terrible.
Y lo más espantoso es, que en ese paso nadie te puede ayudar...; le
dará tu alma solita, sin que nadie la vea ni la acompañe...; ella sola...,
única mente ella lo ha de dar..., quiera o no..., esté bien o mal
preparada... — Ponte ahora en este momento, en el que tan ciertamente
algún día te has de ver... y al asomarte tan sólo a la eternidad con la
consideración, temblarás... ¿Qué será, no cuando te asomes, sino
cuando caigas de lleno en ella?...
¡Oh devoción dulcísima!... El Corazón de Jesús sabe esto..., comprende
esto... y quiere ayudarte... ¡Qué ayuda!... Quiere facilitarte ese paso
espantoso... y ¡qué bien lo facilita! — Sólo te pide que le ames ahora...,
que ahora le des tu corazón por medio del Corazón de la Virgen..., que te
entregues de lleno a esta devoción de los Corazones sacrosantos de
Jesús y de María... ¿Puede haber nada más fácil?... ¿Nada más justo y
racional?... Y Él, en cambio, te promete..., te asegura el triunfo final..., la
victoria completa..., el premio y la corona eterna...
Escucha..., graba en tu alma..., saborea en silencio, estas dulcísimas
palabras: Mi divino Corazón se tornará para ellos en asilo seguro de
aquella última hora...
353
Y efectivamente, Dios enviará a la Santísima Virgen a ayudar..., a
consolar..., a recibir el alma de sus devotos, para que la Virgen las lleve
a morar ya eternamente dentro del mismo Corazón de Jesús... — ¡Vivir y
morir dentro de este Divino Corazón!... ¿Puede haber nada más
hermoso?... Pues esto conseguirás si así sabes encerrarte por completo
en el Corazón purísimo de tu Madre. — Prométela, una vez más, hacerlo
así...; pídela perdón de no haberlo hecho hasta ahora...; dala tu corazón
de un modo permanente... y pídela que le acepte aunque tan miserable,
recibiéndote en el número de sus verdaderos devotos.

MED I T A C IÓN 6 8
EL CORAZÓN DE L A S A N T Í S I M A V I R GEN

1.° Excelencia de este Corazón. — Y ya entremos a considerar
algunas de las grandes maravillas que Dios quiso encerrar y acumular
en el Corazón de su Madre y de nuestra Madre... y ante todo
detengámonos a considerar su excelencia... — La excelencia del
Corazón de la Santísima Virgen depende de su unión con el Corazón
divino de Jesús... y, por lo mismo, con el Corazón de Dios... ¡Qué
unión tan íntima y verdadera con la misma divinidad!
María, por su dignidad de Madre de Dios, había sido introducida a
participar, en cuanto es dado a una pura criatura, del mismo Dios. —
Hubo un tiempo de su vida en el que realmente la vida de Dios era la vida
de María...; la vida de Dios hecho hombre, dependía de la vida de
María...; el Corazón de Dios, latía y palpitaba a impulsos del Corazón de
María... y por eso era tal la unión entre los dos Corazones, que vivían
una vida común a ambos.
El Corazón de María, siempre continuó con esta vida de unión con el
Corazón de su Hijo... Aquel Corazón amaba y quería y odiaba, lo mismo
que el Corazón de Jesús...; de suerte que era siempre el Corazón de
María, como un eco que respondía fielmente al Corazón de su Hijo.
De aquí parte toda la excelencia de este purísimo Corazón de María...
Así es como este Corazón pudo amar a Dios más que todas las demás
criaturas juntas de la tierra y del Cielo... Así es como Dios se complacía
en este Corazón y en este amor, más que en todos los otros de ángeles y
de hombres. ¡Qué hermoso hubiese sido que todos los hombres, después
de la caída de Adán, ya no hubieran pecado más!... Y que todos los
corazones de los hombres se entregaran, desde entonces, al amor de
Dios sobre todas las cosas... y, sin embargo, esto hubiera sido muy poca
cosa..., esto hubiera sido un amor indigno de un Dios.
El único Corazón que ama a Dios con un amor cual Él se merece, es el
Corazón sacratísimo de Jesús... y después de Él, pero juntamente con Él
y por El, el purísimo Corazón de María... — Éste es el corazón y el amor
en el que Dios tiene, ciertamente, sus complacencias.
Pero todo parte de ese principio..., de la unión de este Corazón de
354
María con el Corazón de su Hijo divino. — ¡Sublime unión!..., por la cual
la vida de Dios, así se transfundía y así era vivida por el Corazón de la
Virgen...
2.° Santidad. — Y de esta misma unión perfectísima entre estos dos
Corazones, brotaba la grandiosa y maravillosísima santidad del
Corazón de María. — La santidad consiste en la participación de
Dios..., en el amor que transforma el alma en Dios..., en llegar a ser
una verdadera imagen y copia de Dios... ¿No es ese el fin que se
propuso el Señor al crear al hombre y formar su corazón? ¿No quiso
que fuera una imagen y semejanza del suyo?
Pues por eso, cuando en efecto el corazón humano llega a ser
verdadera imagen..., llega a formar en sí una semejanza del Corazón de
Dios..., llega a aquello de «ya no soy yo, sino Él quien vive en mí»
mediante la transformación del amor..., entonces es cuando ha llegado a
su perfección..., ha llegado a la santidad.
Y ¿qué corazón podrá, en esto, compararse con el de María?... ¿Quién
más cerca..., más unido..., participando más de la vida de Dios que el
suyo?... ¿Quién más confundido y transformado en Dios?... ¿Quién podrá
decir con más verdad que es «imagen y semejanza de Dios» que este
Corazón que es espejo purísimo..., sin sombras ni manchas, que
reproduce fielmente y retrata perfectísimamente la misma santidad de
Dios?...
Repite, ante el Corazón de María, aquellas palabras de «ya no vivo
yo»... y verás, como ni en el corazón de un San Pablo..., ni de ningún
otro santo... pudieron tener mejor aplicación que en el de María.
Detente, pues, a considerar las perfecciones más importantes de Dios...
y vételas aplicando a la Santísima Virgen, y las verás todas admirablemente
reproducidas en su Corazón..., en virtud de esta unión • y
comunicación inefable con el Corazón de Dios. — Haz como un resumen
de todas las meditaciones precedentes, en las que has ido viendo por
todas partes las virtudes de la Virgen y... míralas ahora todas juntas...,
formando un conjunto admirabilísimo en su mismo Corazón.
Este Corazón es el tabernáculo de la divinidad..., es su templo vivo...,
donde Dios ha bajado a habitar y a fijar su morada... y allí quiere
permanecer para siempre, pues... ¿cómo será su santidad?
Todo, en este Corazón, es santo...; no hay nada en Él, ni el movimiento
más imperceptible, que no lo sea...: pensamientos..., deseos...,
amores..., palabras..., obras..., todo..., todo santo...
Ante este cúmulo maravilloso de santidad..., ante este «espejo sin
mancilla», contempla tu corazón y compara...; vete recorriendo sus
virtudes y perfecciones y en cada una de ellas, irás descubriendo un
vicio..., una falta..., una imperfección en el tuyo... — Estudia mucho el
Corazón de tu Madre y de este estudio provechosísimo, sacarás un
355
aumento grande de aprecio y de amor hacia él... y a la vez un aumento
también de desprecio y aborrecimiento de tu corazón..., de las imperfecciones
y faltas que así afean tu corazón...
3.° Hermosura. — Naturalmente, que esta santidad hace a este
Corazón purísimo, hermosísimo a los ojos de Dios y de todas las
criaturas..., ángeles y hombres que le contemplan. — Si el Corazón
de la Virgen es santo con la santidad participada del mismo Dios...,
es también hermosísimo con la hermosura de Dios...
¿Qué cosa habrá más bella y hermosa que el seno de la divinidad...,
que el Corazón de Dios, si es Él la fuente y la causa y origen de la
hermosura?... Si el sol desaparece, todas las cosas de la tierra pierden
su hermosura...; no se concibe belleza alguna, sin la luz del sol... Así es
la belleza y hermosura de las almas...; sin Dios, no habría belleza ni
material ni espiritual... pero sobre todo la belleza sobrenatural de las
almas.
¿Cuál será, pues, la belleza y hermosura del Corazón de la Virgen,
participando de la misma de
Dios, de tal manera,_ que a nuestros ojos parece que se confunde con
El mismo?... Y como la belleza y hermosura verdadera, son las del
corazón..., porque la hermosura exterior es un reflejo, un mero resplandor
de lo interior..., mira toda esa hermosura repartida por toda la persona de
María..., reunida y acumulada en su Corazón... ¡Qué espectáculo más
encantador y sublime!
La Iglesia, embelesada, la aplica las expresiones todas de la Sagrada
Escritura que hablan de belleza y hermosura...: «Qué hermosa eres, qué
hermosa..., tan hermosa, que eres toda bella, sin mancha que afee esta
hermosura...; tan hermosa, que con ella has llegado a herir el Corazón
del Esposo divino...; tan hermosa, que te vieron las hijas de Sión y
bendijeron y alabaron tu hermosura... la gracia y el encanto se ha
difundido y rebosa por tus labios... y por eso, Dios te bendijo desde la
eternidad...; con el esplendor de tu belleza sin par, camina
prósperamente y domina los corazones como reina de la hermosura»...
4.° Tu corazón. — Haz ahora aplicación de todo lo dicho a tu
corazón. — Dios quiere hacerte partícipe de esa excelencia..., de esa
santidad..., de esa hermosura, con que adornó el Corazón de su
Madre...; quiere que tu corazón sea, también, semejante al suyo...,
porque también quiere en ti tener sus complacencias.
Del Hijo de María, pudo decir: «Este es mi Hijo muy amado, en quien
tanto me he complacido»... También lo quiere decir de ti...; quiere que
seas, como Jesús, hijo de María e hijo suyo por adopción..., por gracia...
y mediante esta filiación, establecer contigo esta unión..., esa
comunicación que tuvo con el Corazón de la Virgen... y así hacerte
partícipe también de su misma vida divina.
356
El Espíritu Santo quiere que tu corazón sea templo y santuario suyo... y
para eso le da su gracia, que le hermosee y le haga digno de ello...
¡Dichoso el corazón que es elegido por la Trinidad Beatísima, para trono
suyo!... ¡Dichoso mil veces el corazón que sabe corresponder a esta
altísima dignidad!... — Y tu corazón, ¿es esto?... ¿Te das cuenta de que,
efectivamente, así debes mirar y cuidar tu corazón?... ¿Sabes conocer el
don de Dios que te llama a participar de esta su vida divina?...
Piensa y medita mucho en este punto. — Examina tu conducta si se
conforma a este plan ideal, concebido por la sabiduría y amor de Dios, en
bien tuyo... Examina si efectivamente trabajas por dirigir y unificar tus
intenciones..., tus deseos y afectos..., tus cariños y amores con el
Corazón Sacratísimo de Jesús, por medio del Corazón de María. — Mira
si, en verdad, este Corazón Inmaculado es tu modelo al que tratas de
copiar e imitar..., si efectivamente te esfuerzas en asemejarte a El en esa
unión y comunicación inefable con Dios, que fue la fuente y la raíz de su
excelencia..., de su santidad..., de su hermosura...
Suplica a la Santísima Virgen sea Ella tu perfecta Mediadora en esta
entrega de tu corazón a Jesús... Dáselo primeramente a Ella,
totalmente..., seriamente..., de una manera eficaz y permanente... y dala
libertad para que haga lo que crea más conveniente, hasta llegar a
adaptar tu corazón al de Jesús, de suerte que sea semejante al suyo.

MEDITAC I Ó N 6 9
EL CORAZÓN DE L A S A N T Í S I M A V I R GEN

1.° Orden perfecto. — Aquí tienes otra perfección maravillosa, que
de un modo extraordinario adornaba el Corazón Inmaculado de María
y que tiene íntima relación con la belleza y hermosura del mismo... —
El orden es un elemento esencial en la hermosura. — San Agustín,
llega a definir la belleza, diciendo que es «el esplendor del orden».
El orden, en el corazón, ha de consistir en moderar y dirigir todos sus
movimientos, conforme a la regla y norma que Dios le ha impuesto...; en
todo orden es necesaria una norma... Piensa, por ejemplo, de qué
manera más distinta colocarás y ordenarás los libros de una biblioteca
según que la regla o la norma sea el tamaño..., la antigüedad..., las
materias de que tratan..., la encuadernación o presentación que tienen,
etc.
Todo orden, pues, depende de esa norma, que es, al fin, la que
verdaderamente ordena y coloca a cada cosa en su sitio debido. — Pues
también el corazón tiene su norma... y la voluntad y el entendimiento y
los sentidos y todas las potencias del hombre han de someterse a la
regla que las sujeta a la voluntad de Dios... y así habrá orden en el
entendimiento, cuando someta sus juicios al juicio de Dios... y conforme
sus pensamientos con los pensamientos de Dios..., y en la voluntad, el
orden consistirá en amar cada cosa según ella se merece..., pero
357
siempre con un amor inferior al que tiene a Dios..., pues la regla del amor
es que le ame a Él sobre todas las cosas..., y la regla o norma que
ordena los sentidos, exigirá a éstos que se sometan a la razón... y que
nunca se dejen arrastrar de sus caprichos..., pues éstos, ni son ni
pueden ser nunca norma de orden verdadero...
En fin, habrá orden en el corazón y en el hombre todo, cuando éste siga
la voluntad del Señor, manifestada interiormente por los impulsos de la
gracia y las inspiraciones divinas. — ¡Qué hermosa vista, qué
espectáculo más atractivo el del orden!... ¿no lo has admirado muchas
veces en las obras de la naturaleza?...
Mira el cielo estrellado y pásmate, al ver aquellos globos gigantescos
moviéndose con velocidades vertiginosas, a pesar de sus masas
ingentes, y cómo todo está tan perfectamente moderado, que no hay
choques, ni rozamientos que puedan producir verdaderos cataclismos...
Todo, en la naturaleza, aparece así, con este orden maravilloso que le
dio la sabiduría infinita. — Sólo el hombre..., sólo el corazón humano
abusando del poder de su voluntad... y del don de su libertad... parece
que se goza en conculcar ese orden divino... y en vivir en continuo
desorden... ¡Qué triste es que sea así... y, sin embargo, por muy seductor
y sublime que sea el espectáculo de la Naturaleza tan sabiamente
ordenada, no hay nada tan magníficamente bello como un corazón bien
ordenado..., un corazón en el que todos sus movimientos vayan dirigidos
por Dios y para Dios... ¿Es así como ves tu propio corazón?... ¿O más
bien, tienes que ver con tristeza que el desorden es el que reina en él?...
Y quizá un desorden completo..., absoluto..., total..., desolador. —
Desorden en las pasiones desbordadas..., en los sentidos no
mortificados... Piensa, por ejemplo, en tu lengua..., en tus ojos..., en el
desorden de tu corazón con tantos malos deseos..., con tanta
corrupción..., con tantas perversas inclinaciones..., con tantos cariños y
amores peligrosos, si no son ya pecaminosos.
Si todo pecado..., toda falta e imperfección es un desorden, ¿cuál será
el que reina en tu corazón, siendo tantas las faltas y pecados que anidan
en él? — No olvides que la ley suprema para ordenar tu vida y tu
corazón, es ésta: «El hombre ha sido creado para alabar..., hacer
reverencia... y servir a su Divina Majestad»... ¿Cómo cumples esta regla?...
La respuesta a esta pregunta te á dar una noción clara del orden
de tu vida Y, por tanto, de tu perfección. — Examínala bien delante de
Dios y de la Santísima Virgen...
2.° Simplicidad absoluta. — Y la causa de este desorden puede ser,
sin duda, esa continua agitación de la vida, en que actualmente
vivimos... ¡Cuántos objetos exteriores y sensibles..., cuánto ruido y
movimiento en el mundo exterior..., cuánta solicitud y ansiedad en
nuestro interior por las pasiones..., por los cuidados de la vida..., por
las tormentas del alma..., por las impresiones que tanta mella
358
producen en nuestro corazón!... Es decir, vivimos en una vida de una
variedad tumultuosa, de sucesos y acontecimientos, que nos afectan
en demasía y nos complican y absorben toda nuestra actividad. —
Nos falta la virtud de la simplicidad, que simplifica y da unidad a
todas esas impresiones y agitaciones del corazón...
¡Qué bien nos enseñó Cristo esta simplicidad en el caso de Marta y
María... Marta, es el ejemplo de la actividad tumultuosa..., de la agitación
y turbación constante, producida por la variedad inmensa en los actos en
que quiere multiplicar su actividad... María, en cambio, es el modelo de la
simplicidad..., el modelo de las almas que tienen grabadas en su corazón
aquellas palabras: «Sólo una cosa es necesaria»... y esta sola cosa es la
que da tal unidad y simplifica de tal modo la variedad de los
acontecimientos prósperos o adversos de la vida, que parece que nada la
impresiona..., que todo la tiene sin cuidado..., atenta únicamente a no
perder «la mejor parte» que ha elegido.
Si quieres ordenar tu corazón, es indispensable que practiques esta
simplicidad en tus pensamientos..., en tus afectos..., en tus intenciones y
operaciones. — Simplifica tus pensamientos con el pensamiento de la
presencia de Dios..., que veas a Dios en todas partes... y que a Él, como
a último fin, encauces y dirijas y hasta sacrifiques, si es necesario,
cualquier otro pensamiento. — Si tuvieras este pensamiento fijo en tu
corazón, ¿te turbarían otros y otros que te traen sin cesar el mundo, el
demonio y la carne?...
La simplicidad en el afecto, dará unidad maravillosa a los que agitan tu
corazón, tratando de apegarle desordenadamente a alguna criatura...
¡Qué difícil! ¡Qué imposible será a un corazón que se deje arrastrar por
toda clase de afectos, sostenerse sin caer!
Por el contrario, el corazón que sólo se dirige a Dios..., que guarda para
Él su amor, amándole sobre todas las cosas... y a todas las cosas
amándolas en El y por El, es un corazón perfecto..., es un corazón santo.
Y, finalmente, la simplicidad de intención te pide que no pongas por fin
de tus actos a otro que a Dios..., que trabajes y te fatigues por Él, que es
el único fin y objeto digno de tu solicitud..., de tus cuidados..., de toda tu
actividad.
Echa una mirada al mundo y pregúntate: ¿Cuántas almas practican esta
triple simplicidad de pensamientos..., de afectos,... de intenciones?... Así
es como sacan las almas tan poco fruto hasta de sus obras buenas y de
su devoción..., ya que también en éstas entra esta agitación tan contraria
a la simplicidad y sencillez del corazón. — Mira también al tuyo y
pregúntate si también se agita y se afana quizá inútilmente porque no
tiene simplicidad..., porque se olvida de que sólo una cosa es
necesaria...: el amor y el servicio a Dios..., por quien únicamente debe
trabajar y esforzarse.
3.° El Corazón de María. — Y todo esto, no es una mera teoría,
359
prácticamente difícil o irrealizable...; quizá el demonio te lo haga ver
así para desanimarte... Vence esta tentación poniendo delante de tus
ojos al purísimo e inmaculado Corazón de la Santísima Virgen. — Ahí
tienes toda esa teoría realizada prácticamente y de un modo
maravilloso... Ahí tienes el modelo, que Dios te da, no sólo para que
le admires, sino para que le imites.
Porque, efectivamente, muy imitable es el Corazón de la Santísima
Virgen... en el orden perfectísimo... y en la absoluta simplicidad que en él
reinó. — Mira a la Virgen como un resumen admirable del orden más
armonioso, de suerte que sus pensamientos..., deseos..., miradas...,
hasta el más leve e insignificante movimiento de su cuerpo..., todo estuvo
en Ella maravillosamente ordenado.
Si hemos dicho que toda imperfección y falta es un desorden, es bien
claro que si en su Corazón no pudo haber la más pequeña y levísima
falta, no pudo tener ni sombra de desorden. — Vete recorriendo todas las
facultades de la Santísima Virgen: su entendimiento..., su voluntad..., su
memoria..., sus sentidos..., todo en Ella está sometido a la regla y a la
norma suprema que ordena el corazón del hombre... — ¿Cómo cumplió
Ella aquello de que «el hombre es criado para alaban?, etcétera...
Compara la mirada que echabas antes sobre tu corazón, con esta vista
del Corazón de María. Quizá no haya desorden que más o menos no esté
en tu corazón...; en cambio, en el de María..., ¿no la podremos aplicar
aquel reto de Cristo a sus enemigos: «¿quién me argüirá de pecado ?»...
¿Quién podrá echar en cara a la Virgen algún desorden en su
Corazón?... ¿Por qué no trabajar en imitarla en esto?
Y en cuanto a la simplicidad y unidad, ¿dónde encontrar otro modelo
semejante?... — Unidad de pensamiento..., de afectos..., de
intenciones... siempre y en todo, unidad y simplicidad... en todo, unido a
su Corazón con el de Jesús...; ésa era su única intención..., su único fin
en todos sus actos.
El Corazón de Jesús aconsejó a Santa Margarita que uniera sus
intenciones a las de su divino Corazón, ya que entonces las acciones
más pequeñas la merecerían torrentes de gracias... Pues, ¿qué
insinuaría a su Madre?... Y ¿cómo cumpliría Ella este deseo de unificar
su vida..., sus intenciones..., su Corazón con el de su Hijo?... — Luego si
de Él se dijo que todo lo hizo bien, ¿no se diría igualmente de la Virgen y
precisamente por esta simplicidad..., por esta unidad? — Ruega a la
Santísima Virgen que la imites en esta unidad, para que tu corazón todo
entero vaya sin desparramarse por las criaturas... a unirse por medio de
la Virgen al Corazón Sacratísimo de Jesús.

MED I T A C IÓN 7 0
EL CORAZÓN DE L A S A N T Í S I M A V I R GEN

1.° Sufrimientos y penas. — El corazón es la sede, hemos dicho, o
360
el símbolo al menos del amor... y, por lo mismo, ha de serlo también
del dolor. — El corazón que ama, es el que sufre…, hasta el punto
que la medida del amor más fiel, y seguro, será siempre la intensidad
de sus dolores y sufrimientos.
El Corazón de la Virgen había de ser un corazón de Madre, pero de
Madre Dolorosa... y por eso su Corazón aparece siempre traspasado con
una cruel y penetrante espada. — ¡Cuánto sufrió este Corazón
benditísimo!... ¿Quién lo puede rastrear siquiera?
Antes de la Pasión, como conocía perfectamente todo lo que los
profetas habían dicho de su Hijo y habían anunciado grandes
padecimientos para salvar a los hombres, su Corazón se encontraba
siempre inundado de dolor. — Ya, en la cuna de Belén, al ver la pobreza
y miseria de la misma, junto con el desconocimiento y desprecio que por
parte de los hombres acompañó al nacimiento de su Hijo..., ¡qué dolor
tan profundo sentiría su delicado corazón maternal!... Sigue los misterios
de la vida de Jesús y verás cómo a cada uno de ellos, corresponde un
nuevo dolor en el Corazón de la Virgen.
Las inquietudes de la huida y del destierro en Egipto..., la pérdida del
Niño... y antes su Presentación en el Templo, con la profecía de
Simeón..., todo esto, ¿no era el preludio terrible y penosísimo de las
angustias espantosas de la Pasión?... — Cuando ésta llegó, es cuando
aquel Corazón fue convertido en un océano inmenso de aguas
amarguísimas... fue entonces la realización de la profecía de Simeón, por
la que la espada del dolor penetró en él como en ningún otro corazón
humano.
Síguela, aunque ya lo hayas hecho en otras meditaciones...; síguela
muy de cerca..., penetra en su Corazón y trata de percibir algo de aquel
sufrimiento espantoso de la Virgen, cuando vio a Jesús en la columna de
la flagelación hecho una llaga a fuerza de azotes...; al contemplarle como
Rey de burlas con la corona de espinas, la caña y la púrpura andrajosa...;
al escuchar los gritos de aquel pueblo..., ¡el pueblo de Dios!..., ¡el pueblo
escogido que venía suspirando siglos y siglos por el Mesías!
Acompaña a la Virgen en su subida al Calvario... ¡Qué generosidad la
suya!... Pero, ¡qué dolor!... Ella ha de presenciar las más crueles y
espantosas escenas..., las repetidas caídas bajo el peso de la Cruz..., los
martillazos horripilantes para atravesar aquellos pies y aquellas manos...
la erección de la Cruz con la imagen desfigurada por el dolor y
sufrimiento de su Hijo...; luego, las tres horas largas de agonía. — ¿No
has visto muchas veces, cuando se alarga la agonía de un ser querido,
cómo se llega a desear que acabe y muera cuanto antes, porque el
corazón no puede resistir aquel espectáculo de agonía prolongada?...
Pues, ¿qué sería el Corazón de la Virgen en la agonía de su Hijo?
Y después, al escuchar sus palabras..., al darse cuenta de aquel trueque
que hacía de hijos..., dejando al hijo divino por el hijo ingrato y pecador, cuya
361
Madre comenzaba a ser...; al verle expirar..., al contemplar con horror la
escena de la lanzada... y ver cómo se rompía aquel divino Corazón,
rompiéndose, a la vez, el suyo por la fuerza del dolor...; en fin, cuando ya le
tuvo en sus brazos y por última vez le apretó contra su Corazón y se retiró en
la tristeza espantosa de aquella noche a llorar su soledad, ¿qué inteligencia...
ni qué corazón será capaz de abarcar y comprender cuánto fue aquel
sufrimiento del Corazón de la Virgen? — Detente mucho en esta
consideración y trata tú de medir algo siquiera la magnitud de este dolor...
2.° Sus causas. — La primera de las causas que más contribuyeron
a atormentar el Corazón de la Virgen, fue su amor ardiente a Dios...,
el deseo tan grande y eficaz que tenía de procurar su gloria y de que
todos los corazones de los hombres se la diesen... y, por lo mismo, el
horror tan espantoso que la causaba todo pecado, viendo en él un
enemigo de Dios y de las almas... que además del daño que a éstas
producía, trataba de producírselo también a Dios, atacando todas sus
perfecciones.
No llegaremos nunca a comprender bien lo que todo esto atormentaría el
Corazón de la Virgen, porque es muy distinto nuestro amor al suyo... y por
eso, unas veces somos nosotros mismos los que pecamos y así ofendemos a
la Majestad de Dios..., otras vemos los pecados de los demás, con cierta
indiferencia, sin lanzarnos a reparar y desagraviar... o, si podemos, a trabajar
con todas nuestras fuerzas para evitar o disminuir al menos esos pecados...,
y, finalmente por falta de ese verdadero amor a Dios, no nos entregamos a su
servicio y a su gloria, como debiéramos... y no le damos nuestro corazón con
generosidad.
No entendemos cuál sería el dolor y el sufrimiento del Corazón de la Virgen
al ver entonces y después los corazones de los hombres posponiendo la
misma gloria de Dios a sus caprichos y pasiones.
Otra causa fue el amor que nos tenía a todos... y porque nos amaba con un
amor semejante al que tenía a Dios mismo, el deseo ardentísimo que tenía
en nuestra salvación y santificación. — Mira lo que hicieron algunos santos...,
podemos decir que todos, por la salvación de sus hermanos... Recuerda a un
San Pablo padeciendo y sufriendo tanto en sus viajes apostólicos y llegando
a desear ser maldecido y anatematizado si fuera necesario, por la salvación
de las almas... A un San Agustín que de un modo semejante, escribe: «Yo no
quiero mi salvación si vosotros no os salváis»... A un Javier, a quien todo
sufrimiento le parecía nada con tal de salvar un alma... Y así todos los
apóstoles..., todas las almas santas... Pues, ¿cuál sería el amor de la Virgen
que conocía mejor que nadie el valor de un alma..., el amor que Dios la tiene
y, por lo mismo, que Ella también la había de tener, amándola con un amor
sólo inferior al de Dios, pero muy superior al de todos los santos y apóstoles.
Semejante a esta causa o derivándose de ella, viene la tercera, que fue
el conocimiento que tenía de la vida, pasión y muerte de su Hijo... ¡Para
cuántas almas iba a ser inútil la Redención!... ¡Qué pocas iban a
362
santificarse con la sangre tan generosamente derramada por el Cordero
Divino!... Y vería cómo habían de pasar los siglos, como han pasado ya
veinte hasta ahora, y aún la mayor parte del mundo sería pagano... y el
mismo mundo cristiano y católico, viviendo casi en su totalidad
paganizado... y hasta las almas consagradas especialmente al servicio
de Dios, serían muchas veces las que más herirían el Corazón de su
Hijo... ¿Cómo no había de sufrir con todo esto el Corazón de la Santísima
Virgen?... ¿Y para eso, diría, ha derramado mi Jesús toda su sangre...,
para que siga triunfando el paganismo..., el odio a Dios..., la indiferencia
y la frialdad por sus cosas..., el egoísmo y la sensualidad y el amor
propio por todas partes?...
3.° Su gravedad. — Y ahí tienes indicadas también las razones de la
gravedad extrema..., de la acerbidad infinita, en cierto modo, de los
sufrimientos del Corazón de María. — Sufría como Madre de Dios y
Madre de los hombres..., como Corredentora del mundo...; por eso su
dolor no era un dolor humano..., por eso no podemos nunca llegar a
entender ni a imaginar la profundidad y extensión de este dolor.
Jesús, según el Profeta, debía ser el «Varón de dolores..., convertido
en un gusano despreciable..., en el deshecho de los hombres»... Así
debía ser el Redentor..., de este modo debía de llevar a cabo su obra...
Pues, ¿cómo sería la Corredentora?... ¿No había de ser,
necesariamente, la «Madre del dolor»?... Ella no había de sufrir en su
cuerpo tormentos físicos..., pero por eso mismo todos los sufrimientos
necesariamente habían de acumularse en su Corazón...
Ya hemos dicho, como dicen los Santos Padres, que todos los
padecimientos que Jesús sufrió en su Cuerpo Sacrosanto, Ella los sufrió
todos, uno por uno, en su Inmaculado Corazón. — Este Corazón,
traspasado tan cruelmente por durísima espada, será siempre el modelo
de las almas que sufren... y a la vez el dulce consuelo y el divino
bálsamo que las anime y aliente en sus dolores.
Aprende a mirar, en tus sufrimientos, a este dolorido Corazón...
¡Cuántas cosas puedes y debes estudiar y aprender allí!... — Muchas
veces verás que tú has sido la causa de sus padecimientos..., que en tu
conducta indigna y miserable miles de veces clavaste esa espada en el
Corazón de tu Madre. — Debes ver también la obligación que tienes de
expiar, con tus sufrimientos, tus pecados y los de los demás... — María
no pecó y, sin embargo, expió... ¿Pues tú, qué debes hacer?... Quizás
huyes del dolor..., rebelándote contra Dios cuando justamente te
castiga... ¿no huyes siempre de la Cruz? — En fin, mira cómo has de
sufrir... y si sabes mirar bien a ese Corazón traspasado, esa mirada
endulzará todas tus penas y sufrimientos, pues entonces comprenderás
lo dulcísimo que es el sufrir por Dios en compañía y a imitación del
Corazón de la Santísima Virgen.
Pídela muy seriamente y fervorosamente, no que te quite el sufrimiento,
363
sino que te enseñe a ennoblecer..., a divinizar tus penas, comunicándote los
méritos de las suyas...

MED I T A C I Ó N 7 1
E L C O R A Z Ó N D E L A S A N T Í S I M A V IRGEN

1.° Corazón de Madre. — Otro de los simbolismos que acompañan a
la imagen del purísimo Corazón de María, es el fuego o las llamas
que le rodean... Está todo este Corazón envuelto en una atmósfera
ardiente y abrasada que rompe en llamaradas de un incendio divino
que le consumen interiormente, y que se manifiesta al exterior, como
queriendo propagarse y prender en otros corazones...
Es evidente, que estas llamas y este fuego han de significar el ardentísimo
amor encerrado en el inmaculado Corazón de la Virgen. — Y ante todo,
considera que este amor es un amor de Madre..., y con uso está dicho todo lo
que acerca del amor natural de María puede decirse... ¿Qué cosa más
grande..., más sublime que el corazón de una madre?... ¿Dónde encontrar,
en la tierra, un amor que merezca mejor este nombre?... ¿Dónde habrá un
amor que más se parezca al amor de Dios?... Ya hemos dicho que el hombre
es lo que es, por su corazón... y que, por lo mismo, su amor retrata y resume
todo lo que es el hombre... Pues también podemos decir que todo lo que es
amor en la tierra, está resumido en el corazón de una madre... y que el
corazón de madre, es la obra maestra salida de las manos del Creador.
El mismo Dios, cuando quiere hablar de su amor a los hombres... y que
éstos conozcan hasta dónde llega este amor..., se compara a una madre, y
nos dice: «Pues qué, ¿puede quizá una madre olvidar a su hijo»? — El
corazón de una madre es como un océano de amor que no tiene límites...;
por eso, no hay nada que pueda compararse con él.
He aquí por qué la naturaleza nos ha dado muchos amigos..., muchos
hermanos y parientes que nos amen y nos quieran entrañablemente..., pero
no nos ha dado más que una sola madre, porque nadie nos amará como
ella... ¡Cuántas maravillas ha encerrado Dios en el corazón de una madre!...
Pues ¿qué habrá hecho con el Corazón de María?... ¿No es Ella Madre?... Y
¿quién más madre que la Virgen?... Si es ¡Madre de Dios!... y ¡Madre de
todos los hombres!..., ¿qué será entonces ese Corazón?... ¿Qué amor habrá
en él?... Detente a hacer esta dulcísima consideración sobre el Corazón de la
Madre de Dios... y el de la Madre de los hombres...
2.° Corazón de Madre de Dios. — Parece que da miedo meterse en
las profundidades de este grandioso y sublime misterio... ¡¡¡María
Madre de Dios!!! ¡Qué cosa más grande y más incomprensible!...
Tanto de parte de Dios, que haya querido tener a una mujer por
Madre suya verdadera..., como por parte de María, para llegar a ser
ciertamente la Madre de Dios. — Abísmate en este pensamiento que
encierra infinitas maravillas. — Según él, María fue el principio de la
vida terrena de Dios, pues eso es ser madre..., dar vida a otro ser...;
364
luego María tuvo que dar la vida humana al Hijo de Dios, que, por lo
mismo, comenzó a ser verdadero hijo suyo.
San Agustín, pensaba en esto y se extasiaba con esta idea... y trataba
de comprender cómo podía ser esta dulcísima realidad de que «la carne
de Cristo fuera la carne de María», como él decía.
Y, efectivamente: su carne..., su sangre..., su vida..., su corazón fueron,
en verdad, la carne, y la sangre, la vida y el corazón de Dios... ¡Un solo
corazón para la Madre e Hijo!... ¡Un solo corazón dando la misma vida a
Dios y a la Virgen!... ¿No es esto el colmo de las maravillas y de las
grandezas de María?
El Hijo de Dios era exclusivamente Hijo suyo..., sin intervención de
ninguna otra paternidad más que la de Dios...; por eso es más madre que
ninguna otra madre... — Dios y Ella.., y nadie más intervino en esta
sublime maternidad. — Ninguna madre puede decir con más razón que
Ella, estrechando entre sus brazos a su hijo: «Tú eres mío y todo mío»...
De suerte, que comprende bien que si Cristo fue hombre verdadero..., si
tuvo un cuerpo pasible capaz de padecer y sufrir como el nuestro..., si
tuvo un corazón humano semejante a nuestro corazón, capaz de
enternecerse y sentir como propias nuestras penas y miserias..., fue por
María.
Y aún podemos añadir que todo esto fue por el Corazón Inmaculado de
María, pues, como el mismo San Agustín dice, «María es Madre de
Jesús..., Madre de Dios..., mucho más según el espíritu que según la
carne»... María, por tanto, concibió a Jesús en su Corazón.
Mira, por consiguiente, qué relaciones más admirables las del Corazón
maternal de María y las del Corazón del Niño Dios. — Tan grandes e
incomprensibles son estas relaciones, que cuando pensamos en ellas,
parece que la humanidad de María desaparece para fundirse en la misma
divinidad...; parece, a nuestros ojos, que se borra la distancia infinita que
separa a Dios de su criatura...
3.° Corazón de Madre de los hombres. — Y con este mismo amor,
verdaderamente divino, nos ama a nosotros la Virgen Santísima. —
No puede ser de otra manera... ¡Somos sus hijos!... ¡Ella es, en
realidad, nuestra Madre!... ¿Cómo no ha de tener este Corazón de
Madre para con los hombres?...
El Corazón de María nunca, ciertamente, estuvo apartado en su amor
de su Hijo divino... — Él primeramente fue el objeto de su amor... ¡Era su
Primogénito!... Y, en sentido propio y estricto, ¡era su único hijo!... Pero
en Él y con Él, y en un sentido también cierto y verdadero, éramos nosotros
sus hijos. — María nos veía así, como hijos desgraciados de Adán,
que nos había conducido a la muerte y a la ruina..., pero que por la
gracia y misericordia de Dios, habíamos sido regenerados en Cristo... y
habíamos vuelto a la vida de Cristo..., pero por medio suyo... y por eso
365
éramos y seremos siempre ¡hijos de María!... ¡Qué Madre tenemos! ¡Qué
amor el de su Corazón maternal para con nosotros!... Evidentemente,
que ese Corazón se abrasa y se consume en una atmósfera de fuego
divino, semejante a la que abrasa al Corazón sacratísimo de Jesús...
Y ese amor de Madre le manifestó claramente al consentir esta
maternidad que acompañaba a la maternidad divina, ofrecida por el Ángel
de la Anunciación...; con su fiat, María acepta el ser Madre de Dios y
Madre nuestra...; sabe que ésa es la voluntad de Dios y no repara ni
hace distinción entre una y otra maternidad...; no acepta la primera y
rechaza la segunda. — Su Corazón amantísimo se abraza con las dos:
grandiosa..., sublime la primera...; triste..., penosa y difícil la segunda...
Mira, pues, a aquel Corazón que fue la causa decisiva de la
encarnación del Verbo..., de la salvación de los hombres..., de que Ella
fuera nuestra Madre... Todo brotó de aquel amantísimo y maternal
Corazón.
Fíjate bien en otra prueba o manifestación de ese amor maternal... Es
junto a la Cruz...; allí cumple lo que prometió..., allí se realiza su fiat...,
pues allí es donde queda pública y solemnemente convertida en nuestra
Madre... ¡Mas cuánto la costó esto!... ¿Quién podrá adivinarlo?... Aquella
Madre tanto ama a sus hijos, que no duda en sufrir y en sacrificarse por
ellos. — Mira, por consiguiente, en el Corazón de la Virgen el amor más
grande de una Madre hacia sus hijos..., porque en ese Corazón se
realizó el sacrificio más heroico en bien de ellos.
4.° Tu corazón filial. — Si has de corresponder al plan de Dios..., si
no has de ser una nota discordante en este conjunto armónico de la
obra más divina de Dios, la Redención y salvación de las almas...,
tienes que tener un corazón filial para con esa Madre que Dios te ha
dado...; sería un contrasentido y el mayor absurdo, el que exigiéramos
a la Virgen que nos amara con corazón de Madre porque ese
era el plan de Dios... y nosotros no la amáramos con amor de hijos...,
y mucho más todavía si la razón de no amarla así, fuera la falta de
generosidad..., esto es, que este amor nos pidiera algún sacrificio... y
tuviéramos la desvergüenza de negárselo... ¿Qué palabras
pudiéramos encontrar para calificar esta conducta?...
Y, sin embargo, por muy monstruosa que sea esta suposición..., lo
espantoso y horrible es que verdaderamente así es..., que no es una
suposición, sino una realidad. — Mira a tu corazón y esa mirada te
confirmará esta triste verdad... Un corazón que no ame a su madre de la
tierra, se le considera como algo monstruoso... Y ¿no lo será así el que
no ame a su Madre del Cielo?...
Haz examen detenido de tu corazón y mira si ese monstruo de la
ingratitud anida en él..., si prácticamente obras así aunque con la boca
digas otra cosa...; mira bien si por amor a tu Madre está tu corazón
dispuesto a cualquier sacrificio... o si tienes que llorar muchas cobardías
366
y faltas de generosidad en este punto...
Pídela perdón y... anímate..., acércate a esas llamas..., a ese fuego del
Corazón de la Virgen... y allí caliéntalo... y abrásate..., consume todo
amor propio..., toda sensualidad..., toda pasión que te aparte de ese
amor... San Pablo, decía: «Si alguien hay que no ame a Jesucristo, sea
maldito.» ¿Y no podemos decir algo semejante de la Virgen?...
Evidentemente que sí... Maldito de Dios y eternamente, será el corazón
que no ame con amor filial a la Virgen..., que prácticamente renuncie a la
maternidad dulcísima de María...

MED I T A C IÓN 7 2
EL CORAZÓN DE L A S A N T Í S I M A V I R GEN

1.° Corona de flores. — Al contemplar la imagen del purísimo
Corazón de María no podemos menos de fijarnos en la corona de
flores que la circundan y en el simbolismo que tiene esa corona. —
Ante todo resalta la diferencia tan grande de la corona que rodea a la
imagen del Corazón sacratísimo de Jesús..., toda ella tejida de
agudas y durísimas espinas... y esta otra de flores y rosas del
Corazón de María.
Sin embargo, no hay tal diferencia. — Ya hemos dicho que los latidos
de estos dos Corazones sacratísimos eran al unísono...; los sentimientos
del uno hallaban eco perfectísimo en el otro... y, por lo mismo, las
espinas del Corazón de Jesús, no podían menos de lacerar el Corazón
de su Madre. — La diferencia única está en el diverso simbolismo que se
ha querido expresar con esas coronas... Corona de espinas que significa
la ingratitud del hombre para con el amor de Jesús... La corona de rosas
y flores que simboliza la hermosura encantadora de las virtudes de la
Virgen, que precisamente en su mismo Corazón tienen su asiento. —
Pero repara en que ni aquella corona de espinas se da sin flores..., ni
ésta de rosas sin espinas.
Todas las almas santas que han querido generosamente abrazarse con
el Corazón de Jesús, sin asustarse por las durezas de sus espinas, se
han quedado sorprendidas al ver que éstas han perdido su aspereza...; el
amor divino las ha suavizado de tal modo, que precisamente esas
espinas se convertían en flores riquísimas de aroma y perfume
embriagador... No lo dudes... y si dudas, haz la prueba..., entrégate
generosamente al amor de Jesús..., trata de introducirte en su divino
Corazón... y a pesar de la cruz y las espinas que le rodean, sentirás
dulzuras insospechadas..., una dicha y felicidad desconocida.
Ése es el «Tesoro escondido»..., tesoro infinito que enriquece y hace
felices a las almas..., pero está escondido tras de esas espinas y de esa
cruz. — Desgraciadamente las almas que se acobardan y se asustan
ante su vista..., nunca llegarán a paladear la miel riquísima que allí se
encierra...
367
Pues, por lo mismo, el Corazón de la Virgen está rodeado de flores. —
Nadie como Ella se abrazó con las espinas del Corazón de su Hijo... y
esas espinas se convirtieron en flores y rosas encantadoras de las más
sublimes virtudes. — ¿Has entendido bien, entonces, lo que todo esto
significa prácticamente para ti?...
Abrázate con las espinas del amor de Cristo y tu corazón se verá
inmediatamente florecido con las flores que más adornen tu alma. — A la
vista, pues, del Corazón de María, di: ¡Ah, cuántas espinas interiores
encierran esas flores..., cuántas punzadas lacerantes en el corazón han
costado todas y cada una de esas flores... y al ver al Corazón de Jesús,
di a tu alma: esas espinas se las clava tu indiferencia..., tu tibieza..., tu
falta de correspondencia a su amor... Por eso, no a Él, sino a ti deben
punzarte esas espinas...
Basta de espinas para Jesús..., todas para ti... y esa generosidad en
abrazarte con ellas por su amor, será lo que llene de flores tu corazón, a
semejanza del de la Virgen.
Así lo hicieron todos los santos. — Recuerda, si quieres, a la santita de
las flores y de las rosas... a Santa Teresita del Niño Jesús... ¡Cómo se
enamoró ella de las flores del Corazón de la Virgen!... Pero, ¿quién podrá
calcular el número de espinas..., esto es, de sufrimientos, de
mortificaciones..., que cada rosa exterior le costaba en el interior de su
corazón?... Pide a la Santísima Virgen que seas como esta santita, muy
amante de las flores y de las rosas, no del mundo, que para nada valen...
y aunque parezcan hermosas son flores de apariencia nada más..., sino
de las flores verdaderas..., de las únicas hermosas..., que son las que
brotan en el corazón rodeadas de las espinas del sacrificio que exige
siempre el amor.
2.° La azucena virginal.—Y entre todas esas flores que forman la
corona del Corazón de María, destaca una que se eleva en el centro y
sobresale por encima de ese mismo Corazón. — Es una azucena
blanquísima...: su simbolismo es claro. — Si las flores de esa corona
significan las virtudes del Corazón de la Virgen, ¿qué querrá decir
esa azucena que así brota con más pujanza y lozanía en el centro
mismo de su Corazón?... El pueblo cristiano ha respondido a esto
llamando al Corazón de la Virgen purísimo e inmaculado...; son las
palabras con que siempre le califica. — ¡Su pureza inmaculada!...
Esto es lo más característico de María...; esto debía de serlo también
de su Corazón.
Ya hemos hablado, en varias meditaciones, de esta virtud preciosa y
del amor que la Virgen la tenía, pero no es posible meditar sobre el
purísimo Corazón de María y no volver a detenerse en esta materia tan
hermosa e importante a la vez.
Tan hermosa es esta pureza inmaculada de la Virgen, que la Iglesia no
duda en aplicarla las mismas palabras que las Sagradas Escrituras dicen
368
de la inmaculada pureza de la sabiduría divina...; así dice de Ella que es
resplandor de la luz eterna..., la imagen de la bondad de Dios..., el espejo
sin mancha de la santidad infinita»...
De dos maneras podemos concebir esta pureza del Corazón de la
Santísima Virgen: una negativa en cuanto que significa negación de toda
clase de pecado... y así María aparece bajo este aspecto ante nuestros
ojos sin la más pequeña mancha..., sin la más leve sombra..., sin la más
insignificante imperfección...
Aún las almas muy santas no pudieron verse libres de estas pequeñas
miserias, hijas de nuestra debilidad...; no quita nada a su santidad el que
tuvieran esos defectos, muchas veces involuntarios, que nacen y mueren
con el hombre..., pero no fue así en el Corazón de la Santísima Virgen...;
ni faltas involuntarias siquiera..., ni accidental o casualmente cayó jamás
sobre aquel Corazón algo que lo mancillara y lo hiciera ni por un instante
desagradable a los ojos de Dios... El Señor la defendía para que el
enemigo nada pudiera contra Ella... ¡Qué Corazón el suyo tan hermoso...,
tan limpio..., tan cándido e inmaculado!
Pero aún penetra más en la raíz de esta pureza encantadora.., y esta
raíz es la otra manera de concebirla..., es la que llamamos pureza
positiva, porque no consiste en algo negativo..., en la mera ausencia de
manchas..., sino en la participación positiva de la misma pureza de la
divinidad. — La carencia de pecado es condición necesaria para que
Dios se complazca, en un alma..., pero lo grande..., lo maravilloso..., lo
divino para esa alma será cuando Dios se entregue a ella..., se
comunique a ella... y la haga partícipe, por medio de la gracia, de su
misma vida.
La gracia santificante inundando al alma, es la belleza positiva..., es la
pureza verdadera que refleja limpia y claramente la imagen de Dios. —
Piensa, pues, en la Virgen y en su pureza..., cómo sería aquel Corazón
que «Dios poseyó desde el principio»... — Comprende el alcance de las
palabras del Ángel: «El Señor está contigo.» — Dios mora y vive
permanentemente en el Corazón de la Virgen y por eso ese Corazón es
Purísimo e Inmaculado negativa y positivamente...; no tiene sombras...,
no tiene manchas..., en cambio tiene la «plenitud de la gracia de Dios»...,
tiene positivamente la misma pureza de Dios..., tiene a Dios mismo.
Todavía hay más..., mucho más...; no concibas esta pureza
únicamente como una gracia recibida de Dios, de tal suerte que María se
portara exclusivamente de una manera pasiva...; no fue un espejo muy
limpio y muy claro, pero muerto, que se limita a reflejar los rayos muchos
o pocos que caen sobre él. — María recibía los rayos de luz..., de
gracia..., de santidad que la enviaba Dios y a cada uno de ellos
correspondía, en su Purísimo Corazón, con un nuevo acto de amor de
Dios..., de suerte, que este Corazón maravillosamente activo, era el que
al recibir cada gracia, excitaba con su amor, siempre en aumento, al
369
Corazón del mismo Dios... ¿Comprendes bien la parte que correspondió
al Corazón de María en la adquisición y conservación de su pureza
inmaculada?...
3.° Tu corona. — Ésa es la corona que debes buscar para tu
corazón..., corona de espinas por el sacrificio..., por la mortificación
de tus pasiones que alejen de él todo pecado... y así adquirirás la
pureza negativa, que será la primera rosa que brotará de esas
espinas. — Y Dios al verte así..., al contemplar tu corazón con esa
pureza... y, por lo mismo, con esa preparación necesaria e
indispensable para darse y comunicarse..., se dará y comunicará
gustosa y generosísimamente a tu corazón.
Corresponde a ese amor de Dios con tu trabajo..., con tu esfuerzo...,
con tu cooperación y serán entonces innumerables las rosas que de
aquellas espinas brotarán..., innumerables las virtudes que cada día más
sólidamente arraigarán en tu corazón... y así, finalmente, tu corazón será
semejante
al de Jesús por las espinas del sacrificio del amor..., y al de María por
las rosas de sus virtudes que has copiado en tu alma.
Y todo esto lo conseguirás por la pureza negativa, con la que, a
imitación de la Virgen, arrojaste al pecado muy lejos de tu corazón...; por
la pureza positiva, llenándole de la gracia de la vida de Dios..., y por la
pureza activa, por la que tu corazón correspondió fielmente a esa misma
gracia. — Examínate en estas tres clases de pureza delante de la Virgen
Santísima...; mira cuál de ellas es la que más falta hace en tu corazón... y
pide y suplica con gran insistencia a tu Madre querida, que si en todas
las virtudes quieres parecerte a Ella, pero muy especialmente en ésta de
la pureza inmaculada..., que quieres una corona de rosas de virtudes
como la suya..., pero sobre todas ellas, apeteces la flor de la azucena
que se eleva en medio de su Purísimo e Inmaculado Corazón.
MED I T A C IÓN 7 3
EL CORAZÓN DE L A S A N T Í S I M A V I R GEN
1.° La Misericordia. — Es el atributo más dulce de Dios..., el que
más arrastra nuestro corazón y le infunde aliento y confianza. — Si
fuera Dios únicamente un juez justísimo que nos juzgara sólo con
justicia..., quién no temblaría ante ese Señor?... — Pero si además y
sobre todo es un Padre... amantísimo..., dulcísimo..., con entrañas
llenas de compasión y misericordia..., ¿quién no confiará?
Pues bien, una de las mayores pruebas de que esto es verdad..., la
tenemos en el Corazón misericordioso de la Santísima Virgen...; ese
Corazón es un efecto de la bondad y del amor de Dios a los hombres...
Todos así lo hemos experimentado..., de tal suerte, que uno de los
aspectos bajo el cual más nos gusta ver y representar a los Sacratísimos
370
Corazones de Jesús y de María, es la misericordia... ¡Tenemos tanta
necesidad de ella!... Difícilmente encontraremos nada que mejor
entendamos..., y más apreciemos, que esta cualidad de la misericordia...
Un corazón compasivo que siente como propias las necesidades y
miserias ajenas..., un corazón misericordioso que llora con los que
lloran... y sufren con los que sufren..., ¿a quién no encanta y seduce?...
¿Puede haber nada más avasallador?... ¿Quién se resiste ante ese
corazón?...
Y si además de sentir así las desgracias ajenas como si fueran
propias..., se esfuerza y trabaja..., quizá a fuerza de sacrificios y
privaciones, por remediarlas..., mucho más aún... ¡Esto sí que es bondad
y misericordia!... — Pues así, y en un grado de intensidad
verdaderamente divina, fue el Corazón de la Santísima Virgen. — Su
Corazón estuvo adornado de todos los caracteres de la más perfecta y
sublime misericordia...; su Corazón fue el más compasivo de todos los
corazones... y cualquier desgracia o tribulación que viera a su alrededor
hallaba eco perfectísimo en él... En las bodas de Caná se ve claramente
lo que era este Corazón... Aún no sufrían aquellos corazones de los
esposos y... Ella ya estaba sufriendo...; se adelanta a su dolor para
remediarlo... — Los esposos ni se daban cuenta de lo que pasaba, y el
Corazón de María ya estaba solucionándolo todo y adquiriendo de su Hijo
una gracia milagrosa que ellos ni siquiera se la hubieran pedido...
¡Qué maravilloso caso de bondad es éste!... ¡Qué admirablemente
retrata la compasión y misericordia de su Corazón!... ¡Cuántas veces
habrá hecho con nosotros algo semejante!... ¡En cuántos casos habrá
intervenido la Santísima Virgen en favor nuestro consiguiéndonos de
Jesús algo que nos hacía falta..., algo que nos venía muy bien y que
nosotros ni nos ocupábamos de pedirlo... por ignorar el peligro..., por
tibieza... o por malicia de nuestro corazón!...
2.° Misericordia de Madre. — Y es que la misericordia de María,
como su Corazón de donde brotaba, era de una Madre...; ésta es la
razón suprema que explicaba esa bondad y misericordia. — Ya puede
un hijo ser un desgraciado..., ya puede estar plagado de miserias
físicas y morales..., ya puede ser el deshecho de todos..., aunque a
los demás inspire más bien repulsión..., asco... y repugnancia..., pero
el corazón de su madre... sentirá palpitar sus entrañas con nuevo
cariño..., con nuevo y más encendido amor, cuando vea más y más
desgracias y miserias en su hijo...
El corazón de una madre nunca desmaya..., ni se cansa..., siempre
espera..., siempre confía poder remediar la situación de su hijo. — Y no
es que se engañe y se ciegue..., es que tiene una luz..., una clarividencia
e intuición de corazón, que ve más allá de los demás... donde ya no se
espera cosa alguna, sino males y miserias irremediables, el corazón de
una madre ve rasgos o indicios..., ve sedimentos que aún pueden
371
levantar y dignificar el corazón de su desgraciado hijo... Una madre será
capaz, por la fuerza de su ternura..., por la bondad de su corazón, de
reanimar sentimientos al parecer extinguidos..., levantar un corazón que
todos creían muerto..., resucitar una conciencia endurecida por el pecado
y las pasiones. — Pregunta sobre esto a un San Agustín..., dile que te
diga lo que puede el corazón compasivo... piadoso..., misericordioso de
una madre.
Y ahora penetra en el Corazón de la Virgen, más Madre que ninguna
otra madre..., con una bondad y misericordia, resumen de todo lo que
Dios derramó sobre todas las demás madres de la tierra... ¿Cómo sería y
cómo será actualmente su Corazón?...
Por otra parte, no es ésta una compasión estéril, como tiene que ser
muchas veces la de una madre que quiere, pero no sabe o no puede
remediar a su hijo. — María posee la omnipotencia del mismo Dios... y
toda ella la emplea generosamente para socorrer a sus hijos. — ¿No lo
hizo así en las bodas de Caná haciendo que Jesús obraría su primer
milagro?... — ¿No obró de ese modo con los Apóstoles los días de
desolación y de desconcierto?... Ella, olvidándose hasta de sí misma, fue
su única esperanza, su fuerza y su consuelo... y los Apóstoles, animados
con esta bondad eficacísima je Madre, se agruparon en torno de Ella. Y
entre todos, ¿no fue San Pedro el que más experimentó la misericordia
de su dulcísimo Corazón?... — Sin duda que a Ella acudió el santo
cuando lleno de dolor por su triple negación, abandonó la casa del Sumo
Sacerdote. — A los pies de María debió San Pedro derramar sus
primeras lágrimas..., allí hizo la primera confesión de su cobarde
apostasía... ¡Qué suerte la suya al encontrarse con el Corazón de la
Santísima Virgen!... ¿Qué hubiera sido de aquella alma sin este
Corazón?..., quizá un Judas..., podía ser, motivos tenía tantos o más que
aquél para desesperarse...
Pero a los pies de la Virgen..., ante su Corazón, no es posible
desesperarse..., ni desalentarse siquiera... Pedro se levantó de sus pies,
seguro de su perdón..., por eso no sólo no se desesperó como Judas...,
ni huyó como Adán al pecar...; se quedó allí aguardando..., esperando la
resurrección de Jesús con el corazón lleno de la dulcísima confianza que
había recibido de la Santísima Virgen. — ¡Qué misericordia más de
Madre!...
3.° La Madre del Cielo. — Y lo maravilloso es que esta misericordia
maternal de la Virgen no se terminó como termina naturalmente la de
la madre de la tierra con su muerte...; ahora que está en el Cielo, su
Corazón es el mismo. — A pesar de la elevación de su trono tan
cercano al de Dios..., a pesar de que ya en el Cielo no hay lágrimas
ni miserias ni sufrimientos de ninguna clase..., Ella no se olvida de
sus hijos miserables...; si hay algún cambio en el Corazón de la
Virgen, es para ser aún, desde el Cielo, más compasiva..., más
372
clemente y misericordiosa... y para aprovecharse mejor de su
Corazón de emperatriz en bien de los desgraciados de aquí abajo...
En el Cielo, su misericordia es activísima..., trabajando sin cesar por las
almas..., inclinándola unas veces a pedir e interceder por nosotros...,
derramando otras, con sus manos piadosas, torrentes de gracias sobre
nuestros corazones... — Los más infelices, los más desgraciados..., los
más pecadores..., son el objeto principal de su bondadosa intercesión...
Ella presencia desde el Cielo los ataques furibundos que a las almas
hace el demonio, para inspirarlas alientos.., y comunicarlas la gracia para
vencer... y singularmente, en el ataque último..., en la batalla final, allí
acude solícita con su misericordioso Corazón a sacar triunfante de esta
vida las almas de sus devotos... ¡Cuántas veces los ángeles del Cielo
habrán sido los mensajeros de paz..., de consuelo..., de esperanza que la
Virgen enviaba a los que en la lucha la invocaban!
Pregunta al Ángel bendito de tu Guarda de dónde te vienen tantas
inspiraciones..., tantos toques al corazón..., tantos impulsos y te
confesará que es su Señora y su Reina la que le manda sin parar..., la
que no le deja descansar..., sino que siempre le está incitando a trabajar
más y más con tu alma..., con tu corazón.
4.° Confianza y amor. — Por tanto, al llegar aquí debes encenderte
en un amor grande..., inmenso..., loco hacia la Virgen...; debes
arrojarte, con una confianza ilimitada, en su Corazón Maternal... «No
os digo estas cosas, decía San Juan hablando de la bondad de Dios,
para que pequéis más fácilmente»... No, de ninguna manera puede
ser esa la conclusión que saques de estas meditaciones sobre el
Corazón Inmaculado de María... y particularmente sobre ésta de la
bondad y misericordia de su Corazón...; no puede ser que eso te sirva
para abusar de su bondad..., para lanzarte con más seguridad a
pecar..., a dar rienda suelta a tus pasiones...; esto no tendría
nombre..., tu corazón sería algo monstruoso.
Pero tampoco consientas que el demonio te engañe con el desaliento...,
con la desconfianza..., con el temor...; cualquiera que sea tu conducta
pasada..., por muy grande que haya sido el abuso de las gracias que
Dios te ha dado..., por muchas que hayan sido las veces que hayas
recaído y faltado a tu palabra..., no importa, ve a los pies de la Virgen...,
ante su bondadosísimo Corazón no caben temores ni desconfianzas... ¡Si
precisamente para eso la dio Dios ese Corazón!... ¿No dijo El que no
quería la muerte del pecador?... Pues el Corazón de la Virgen te está
diciendo claramente que esas palabras son una realidad...
Ya en otras meditaciones has sacado, como fruto esta confianza y este
amor a la Virgen..., pero en ninguna como ésta, debes tanto insistir en
este dulcísimo fruto... ¡A confiar en la bondad de la Virgen!... A amar, con
locura, a su bondadosísimo Corazón... ¡Qué nada ni nadie te arranque
esta dulcísima esperanza! ¡¡¡Oh Clementísima..., oh Piadosísima..., oh
373
Dulcísima Virgen María!!!